Una pieza única: un bicornio carlista de la época de la Tercera Guerra.
- Museo Carlista de Madrid
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Los objetos, de distinta naturaleza, que constituyen recuerdos del pasado del carlismo -un movimiento político que se acerca ya a los dos siglos de existencia- son muchas veces la mejor muestra de cuánto nos queda aún por conocer de su historia. Es lo esperable de un movimiento derrotado en tres guerras, que sufrió persecuciones y exilios, y que vio sus bienes destruidos por sus vencedores, cuando no por sus propios partidarios para evitar ser represaliados por su posesión. Trabajosamente se van documentando sus recuerdos, en el ámbito militar (uniformes, banderas, armas…), iconográfico (fotografías, grabados, retratos al óleo…) y bibliográfico (documentos, libros, periódicos…), pero hay otros campos donde nuestro conocimiento, en sus distintas facetas, es aún muy precario. Y uno de ellos es el de la administración carlista y el gobierno de los territorios bajo su control durante las distintas guerras.
Es esta consideración la que da especial valor, por su singularidad, a una de las últimas piezas incorporadas a los fondos del Museo Carlista de Madrid. Se trata de un sombrero de dos picos o bicornio de la época de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), utilizado por un representante de la autoridad ejercida en nombre del Pretendiente Carlos VII (Carlos de Borbón y Austria-Este).

Los detalles de este singular sombrero, único en su especie del que tengamos noticia, recuerda a los sombreros «acandilados» (o de tres picos) del siglo XVIII —típicos de las ordenanzas de Carlos III y Carlos IV—, si bien en este caso formalmente su diseño corresponde a la evolución del bicornio del siglo XIX, adaptado para campaña u ordenanza reducida.

El diseño asimétrico y las medidas (22 cm en la parte delantera frente a 16 cm en la trasera) delatan su morfología. No busca la rigidez de un tricornio de gala barroco, sino la fisionomía de un sombrero de dos picos alargado, diseñado para llevarse en paralelo al rostro o ligeramente ladeado, permitiendo mayor comodidad y un uso más cotidiano.

La cinta roja de seda o lana que rodea la base de la copa actúa como la escarapela o cucarda encarnada (roja). Este color ha sido históricamente el color monárquico español por excelencia y fue adoptado con fervor por el carlismo como símbolo de legitimidad frente al bando isabelino/alfonsino.

El elemento definitivo que data y contextualiza la pieza es el botón metálico plateado sujeto a la presilla del galón. Presenta de forma clara la tipografía del anagrama oficial de Carlos VII, con la “C” y el “7” entrelazados y rematados en su parte superior por la corona real. La presencia del botón plateado nos indica de alguna manera un determinado rango dentro de la estructura carlista de la época, que utilizaba el dorado o el plateado para representar jerarquía.

La confección del sombrero con fieltro de lana negra y su estado de conservación refuerzan la autenticidad de época de la pieza y descartan por completo que pudiera tratarse de una réplica teatral o de recreación moderna. El fieltro de lana negra muestra el apelmazamiento y la acumulación de polvo histórico característicos de los tejidos orgánicos antiguos que no han sido tratados con fibras sintéticas modernas.
El galón pasamanado que bordea el ala y forma la presilla del botón muestra un patrón geométrico de época, deslucido de forma natural por la oxidación de los hilos metálicos (probablemente plata de baja ley o baño de plata sobre base de cobre). La badana interior de cuero está unida al fieltro mediante costuras artesanales e irregulares (incluso con reparaciones de hilo rojo añadidas posteriormente, muy comunes en prendas que sufrieron desgaste). El cuarteamiento, la pátina y los niveles de sudoración del cuero son consistentes con una prenda que ha soportado uso real y el paso de siglo y medio.

Por otra parte, a pesar de su evidente aire arcaico, el sombrero fue confeccionado en la época de la Tercera Guerra Carlista (c. 1872-1876) y no es una reliquia reutilizada de los tiempos de Carlos IV o la Guerra de la Independencia. Los sombreros del siglo XVIII (acandilados) eran notablemente más rígidos, con alas muy altas que tapaban casi por completo la copa redonda. Este sombrero, sin embargo, tiene una copa alta y estructurada, y las alas caen y se baten de forma más suave y achatada. Esta silueta baja y alargada es puramente decimonónica.

El botón no es un añadido posterior forzado. La presilla del galón está diseñada específicamente para abrocharse en él, manteniendo la tensión del ala. Además, el botón muestra una pátina de oxidación y un desgaste idénticos al del galón perimetral. Todo el conjunto envejeció unido.
Estamos, por tanto, ante una pieza de uniformidad de la década de 1870, de gran valor histórico y magnífico carácter.
El sombrero fue hallado en un arcón en una casa de Pitarque (Teruel), donde se encontraba con unos pantalones y otras “ropas viejas”, que desgraciadamente se tiraron al cubo de la basura y de las que solo se salvó el sombrero.
Que el sombrero proceda de Pitarque, en pleno corazón del Maestrazgo —tierra carlista por excelencia desde la época de Cabrera en la Primera Guerra hasta los reductos de la Tercera—, sitúa la pieza en el epicentro geográfico del conflicto en el frente de Centro y Aragón.
El examen detenido de la pieza, y lo que conocemos sobre la uniformidad del Ejército Real carlista de la época, nos inclina a pensar que el sombrero se trate una prenda de una autoridad civil, un cargo de la administración carlista o personal de la corte/servicio del rey, y no que se tratara de una prenda de uniformidad militar.
En la iconografía militar de la Tercera Guerra Carlista, los oficiales y la tropa de campaña usaban de forma casi universal la boina (con borla para los oficiales). Por otra parte, el bicornio militar que se utilizaba en los Estados Mayores del Ejército alfonsino, según la moda de la época, era mucho más alto, plano y se llevaba de forma transversal.
Este sombrero, en cambio, tiene un aire deliberadamente arcaico o "retro" para la década de 1870. Su forma baja y acandilada mira al siglo XVIII. Que un militar en activo combatiera en el Maestrazgo con este modelo exacto sería una anomalía.
La hipótesis más probable es que se tratara de un sombrero de la administración civil carlista, o quizás de algún cuerpo de seguridad o policía local. Lejanamente podría evocar a lo que en Cataluña era el sombrero que lucían los Mozos de Escuadra (sombrero de copa, negro, con galón, presilla y cinta blancos).

Hay que tener en cuenta que el carlismo no solo contó con un ejército; sino que intentó crear un Estado alternativo con su propia administración, diputaciones e instituciones judiciales en las zonas que controlaba (el Norte y el Maestrazgo).

Las autoridades civiles carlistas (corregidores, miembros de las juntas carlistas locales, delegados reales o miembros de otros cuerpos civiles) necesitaban prendas que impusieran respeto y autoridad tradicional, pero diferenciadas de los militares de primera línea. Un sombrero de tres o dos picos de corte antiguo era el símbolo perfecto del "Antiguo Régimen" y la tradición que el carlismo defendía frente al liberalismo.
El botón con la cifra C7 y la corona real funcionaría aquí no como un botón de uniforme de ordenanza militar reglamentario, sino como una insignia de nombramiento o fidelidad real. Llevar la cifra del rey en el sombrero acreditaba a esa persona como un representante directo de la autoridad del Pretendiente en la provincia.
Durante la Tercera Guerra, Carlos VII decretó la reinstauración de los fueros y reorganizó las diputaciones civiles de las provincias que controlaba. Teruel y el Maestrazgo tuvieron su propia junta gubernativa carlista. Para recuperar el prestigio de las antiguas instituciones peninsulares, los miembros de estas juntas, los corregidores y los alcaldes nombrados por el rey carlista vestían de riguroso traje civil (generalmente levita o casaca negra) coronado por un sombrero de dos picos de corte tradicional, que imponía el respeto de las autoridades tradicionales del Antiguo Régimen.
El botón C7 con la corona real cumplía la función de una credencial oficial de la Corona: el portador no era un paisano cualquiera, sino una autoridad gubernamental que actuaba en nombre del rey. Pitarque y la comarca del Maestrazgo estuvieron al menos parcialmente bajo control carlista durante la Tercera Guerra. En estos pueblos, las juntas carlistas locales y las autoridades civiles nombradas por el carlismo gestionaban los recursos, las quintas y la logística para el frente, constituyendo al menos un embrión de Estado carlista.

Otra posibilidad que no puede descartarse por completo es que el sombrero perteneciera a algún miembro del servicio de la Real Casa, escolta palaciega civil, correos reales o ujieres de la pequeña corte itinerante o de las delegaciones que el rey Carlos VII estableció. Las libreas y uniformes de los servidores de las casas reales europeas del siglo XIX mantuvieron de manera deliberada la estética del siglo XVIII (calzón corto, casaca y sombreros acandilados o apuntados) para denotar antigüedad y nobleza.
Nuestra conclusión, siempre abierta a ser corregida por persona más experta, es que el sombrero apunta a ser una prenda de representación civil o institucional carlista. Un objeto de un alto funcionario, un miembro de una junta tradicionalista o un representante de Carlos VII en la zona que, al terminar la guerra en 1876, fue guardado discretamente en el desván de una casa de Teruel para evitar represalias del gobierno alfonsino, lo que explica su conservación y su pátina intacta. No vio el barro de las trincheras, sino que se utilizó en despachos oficiales, juntas locales de movilización o actos de representación en la comandancia carlista de Teruel. Al caer el frente del Centro en 1875, su dueño lo escondió en el desván de la casa de Pitarque para borrar el rastro de su colaboración con el bando perdedor.
Todo ello confiere a esta pieza, verdaderamente única, un elevado valor histórico y nos demuestra, a los que pensábamos que no había más sombreros de cabeza carlistas que la tradicional boina, cuánto es aún lo que nos queda por conocer.




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