Joaquín Urcola y el Padre Javier Arregui, dos gloriosos requetés guipuzcoanos del Tercio de Oriamendi.
- Museo Carlista de Madrid
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Apenas dos meses después de producirse el Alzamiento Nacional y tras la liberación de la capital guipuzcoana el 13 de septiembre de 1936, se formó el Tercio de Oriamendi, primero de los constituidos en la provincia. El 3 de noviembre desfiló por la avenida de la ciudad de San Sebastián y recibió del Ayuntamiento su bandera de combate. El Tercio estaba formado por cuatro compañías y una de ametralladoras y morteros, sumando poco más de 600 hombres bajo el mando del comandante Guijosa. Desde San Sebastián, el Tercio se trasladó al sector de Mondragón, donde el día 15 de ese mismo mes libraría ya sus primeros combates encuadrado en las Brigadas de Navarra.

Tras la campaña del Norte, en la que el Tercio registró sus primeras bajas y en la que moriría el comandante Guijosa, y después de un periodo de reorganización y descanso en tierras navarras, en octubre de 1937 el Tercio pasó a formar parte de la 61ª División en el Cuerpo de Ejército de Castilla, al mando del bilaureado general Varela, destinándosele al frente de Guadalajara, desde el que se pretendía la ofensiva hacia Madrid. La ofensiva roja a Teruel forzó, sin embargo, un cambio de planes, y el Tercio fue trasladado al frente aragonés.



El 21 de diciembre de 1937 el Tercio llegó a Gea de Albarracín, donde pasó la Nochebuena y la Navidad, dirigiéndose después al Molinazo y Los Morrones, donde estuvo sometido a intenso fuego enemigo. Desde estas posiciones, con temperaturas de 12 y 13 grados bajo cero, se intenta llegar a Teruel, ocupando primero y defendiendo después, ante el contrataque enemigo, la posición de La Muela, en la que soportaron fuertes ataques con carros de combate pesados y cañones, que duraron hasta el 20 de febrero. Durante estos meses el Tercio tuvo unas 120 bajas entre muertos y heridos, incluidos los comandantes Fort y Ruiz Cano que habían estado al mando del Tercio.
Uno de los requetés muertos en los combates el día 29 de diciembre en la posición del Molinazo, por la explosión de un obús, fue el requeté Joaquín Urcola Imaz, cuyo cadáver fue encontrado congelado. Trasladado cuando se pudo a San Sebastián, fue enterrado en el cementerio de Polloe.
Joaquín Urcola había nacido en San Sebastián el 15 de marzo de 1918. El 6 de agosto se alistó como requeté voluntario en Itsasondo (Guipúzcoa) con otros diecisiete jóvenes del pueblo, solo dos días después de que esta villa guipuzcoana fuera liberada.
Cuando Urcola se alistó como voluntario en el Tercio de Oriamendi en el momento de su creación era estudiante y tenía 18 años. Como consta en los Datos para el libro de honor de los requetés muertos en campaña, de la Comunión Tradicionalista, “el padre de Joaquín tomó parte en la última guerra carlista en defensa de la Tradición. Todos los antepasados y familiares eran tradicionalistas”. En cuanto a Joaquín, “era un muchacho de arraigadísimos sentimientos tradicionalistas, de sólida piedad y costumbres sencillas, adornado por un carácter franco y alegre que le granjeaban las simpatías de cuantos le trataban. Sobrellevó las penalidades de la guerra con un elevado espíritu. No se quejó nunca del padecimiento del estómago que últimamente contrajo y del que su familia se enteró después de su fallecimiento. Asombra pensar en el espíritu de este muchacho que prefería alimentarse solo de pan antes de pedir baja por enfermo”.


El 30 de diciembre, día siguiente al fallecimiento del joven requeté donostiarra, el P. Javier Arregui Artola, que había sufrido heridas en el frente de Vizcaya y ya estaba reincorporado como capellán de la 1ª Compañía del Tercio, escribió una carta a los padres de Joaquín, Justo Urcola y Antonia Imaz, para comunicarles el fallecimiento de su hijo. La carta es un testimonio emocionante de la disposición espiritual con la que combatían aquellos verdaderos cruzados, y de la abnegación martirial de los capellanes de los Tercios de Requetés, cuya única preocupación era la asistencia sacramental y el cuidado del alma de los combatientes:
“Frente de Teruel 30-XII-37
Sres. de Urcola
S.S Usandizaga 13, 1º
Muy Sres. míos:
Con muchísima pena tengo que comunicarles la sensible noticia de la muerte del hijo de Uds., pero tengo la gran satisfacción de poder decirles que subió a los cielos.
Media hora antes viendo el peligro, fui grupo por grupo diciendo que si siempre es necesario el capellán, en horas como esas más; les invité a la confesión y qué bien respondieron!! Y el hijo de Uds. se confesó diez minutos antes del suceso, se preparó para morir, a los diez minutos cayó junto a mí y murió después de recibir la Santa Unción como un buen requeté.
¡Viva Cristo Rey!
Muy de corazón les acompaño en el sentimiento, pero estén Uds. seguros de que Joaquín está en el cielo.
El capellán del Tercio y de Uds.
Javier Arregui.”

Al día siguiente de escribir la carta, el propio P. Arregui resultaría mortalmente herido, trasladándosele al hospital de la Cruz Roja de Zaragoza, donde fallecería algunas semanas después. En el bolsillo de su camisa encontraron la carta que nunca pudo enviar.

El P. Javier Arregui era natural de Berástegui, donde había nacido el 3 de diciembre -festividad de San Francisco Javier- de 1896. Antes de la guerra era maestro de capilla de la parroquia del Buen Pastor de San Sebastián.

Cuando murió el P. Arregui, el 25 de enero de 1938, tenía 42 años y era teniente capellán de Requetés. Tras celebrarse un funeral por parte del cabildo de su anterior parroquia, sus hermanos Ángeles, Martín y Justo organizaron el funeral “corpore insepulto” en el Cuartel de Requetés (Gran Kursaal) de San Sebastián, y más tarde el féretro fue conducido a Berástegui, en cuyo cementerio recibió sepultura.
El Diario Vasco del 27 de enero de 1938 glosaba la figura del glorioso capellán: “Cumpliendo su misión augusta de sacerdote sin miedo y sin tacha, mezcló su sangre con la de los bravos a quienes auxiliaba con los divinos consuelos en el tránsito. Días después se unía a los héroes que le precedieron en la inmortalidad para seguir siendo en el Cielo el capellán de los caídos de Oriamendi”.
Hoy es preciso recordar y no olvidar a Joaquín Urcola, al P. Arregui y, uno a uno, a todos aquellos admirables héroes y mártires del Tercio guipuzcoano de Oriamendi que ofrecieron sus vidas por Dios, por una Guipúzcoa foral y española, y en defensa de la monarquía tradicional; y elevar una oración por sus almas, pidiendo al tiempo a Dios para que nos mantenga siempre fieles a la Santa Causa por la que ellos murieron y evite el actual desvarío de aquella bendita tierra de mis antepasados.






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