Al encuentro de Antonio Molle Lazo en el 90 aniversario de su muerte martirial. Imágenes inéditas.
- Museo Carlista de Madrid
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El pasado 10 de agosto se han cumplido noventa años de la muerte en Peñaflor (Sevilla) del joven requeté gaditano Antonio Molle Lazo. Con tal motivo hemos visitado su sepulcro en la capilla de Cristo Rey de la basílica menor de Nuestra Señora del Carmen Coronada de Jerez de la Frontera, guiados por Antonio Molle Torné, sobrino-nieto del requeté mártir[1] e impulsor, al frente de la Asociación de fieles Servidores de Cristo Rey, de la causa de su beatificación. La peregrinación se completó con la visita a la casa en la que se conservan los recuerdos del mártir, en la que en su día vivieron los padres de Antonio Molle Lazo y más tarde su hermano Manuel, abuelo de nuestro anfitrión.


El 18 de julio de 1936, el Alzamiento iniciado en Melilla el día anterior triunfó pronto en Jerez, Cádiz y Sevilla. Apenas iniciado el movimiento, Antonio Molle Lazo se reunió con requetés miembros como él de la Juventud Tradicionalista jerezana para formar una unidad y ponerse a disposición de las autoridades militares sublevadas. Este núcleo sería más tarde el origen del Tercio de requetés de Nuestra Señora de la Merced.
Después de afianzar el éxito del Alzamiento en su ciudad, los requetés jerezanos marcharon a Sevilla para apoyar las operaciones del general Queipo de Llano, desde donde el 8 de agosto fueron enviados a la localidad de Peñaflor (Sevilla).
El día 10 se celebró en el convento de las Hermanas de la Cruz del pueblo una misa en recuerdo de los caídos en “la Sanjurjada” del 10 de agosto de 1932, pues la iglesia parroquial de Peñaflor había sido profanada por los marxistas. Antonio asistió a la Santa Misa y comulgó. Horas después, llegaron a Peñaflor varios camiones con milicianos procedentes de los pueblos cercanos, que cogieron por sorpresa a los nacionales que patrullaban la población.
En su objetivo de buscar refugio, Antonio Molle quedó rezagado para defender a las religiosas del convento de las Hermanas de la Cruz y a otras mujeres. Al descubrirle solo, fue apresado por los milicianos, que le derribaron al suelo a puñetazos y empujones, golpeándole sin piedad con las culatas de sus escopetas y clavándole sus cuchillos y bayonetas, burlándose de él e intentando hacerle blasfemar y renegar de su fe. Ante su negativa a blasfemar como le pedían, le mutilaron las orejas y le sacaron los ojos y parte de la nariz, mientras el exhausto y agonizante requeté solo musitaba “¡Ay, Dios mío!”. Sobre su pecho llevaba, también ensangrentado, el “Detente” con el Corazón de Jesús sobre el fondo de la bandera española. Comprendiendo que llegaba ya su final, pues uno de los asesinos dijo que iba a dispararle, extendió cuanto pudo sus brazos en forma de cruz, colocó sus piernas asemejándose a las del Crucificado y, con todas cuantas fuerzas pudo sacar aún de su interior, gritó con voz potentísima: “¡Viva Cristo Rey!”. Entonces le fusilaron así, en posición de cruz. Quedó tendido en el suelo, con los brazos abiertos y cruzada su pierna derecha sobre la izquierda. Algunas gotas de sangre habían coloreado sus alpargatas blancas. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Conservaba todavía cierto movimiento y algunos quisieron rematarle, pero otro les gritó: “¡No arrematarlo, dejadlo que sufra!”. Sin embargo, muchos no se contentaron con esto y le volvieron a propinar golpes y cuchilladas. Finalmente, dejó de respirar y su corazón se detuvo. Murió en la carretera y quedó allí solo.[2]

La llegada de refuerzos permitió a las fuerzas nacionales finalmente mantener Peñaflor y recoger el cadáver de Antonio. De inmediato, los testigos relataron lo sucedido y se le dio fama de muerte martirial. En la iglesia del pueblo, restaurado el culto tras las destrucciones y la profanación, se celebró una Misa por su alma y por otros caídos en la jornada. El cadáver de Antonio Molle, con honores militares, fue trasladado a Jerez de la Frontera, recibiendo sepultura en el viejo cementerio de Santo Domingo.


En 1945 se inauguró el nuevo cementerio de Nuestra Señora de la Merced que el Ayuntamiento había encargado en 1936 al reconocido arquitecto municipal Fernando de la Cuadra, en el que se enterraron muchas de las víctimas de la Guerra Civil. Los restos de Antonio Molle fueron trasladados al nuevo cementerio, encontrándose al hacerlo que el cadáver permanecía incorrupto. La difusión de esta circunstancia aumentó la fama de santidad del requeté mártir, e hizo que mucha gente se congregara ante su sepultura para impetrar favores. Este hecho, junto con el convencimiento de que pronto sería reconocida por la Iglesia su fama de martirio, llevó a la decisión de trasladar sus restos a un templo donde pudiera ser venerado más adecuadamente por sus devotos, eligiéndose la iglesia del Carmen, con la que el joven Antonio había tenido siempre mucha relación, tanto por estar situada en frente de la casa de sus padres como por su condición de carmelita terciario. Para su emplazamiento y albergar los restos del mártir, se encargó al mismo arquitecto Fernando de la Cuadra la remodelación de la capilla de Cristo Rey, cuyas obras se concluyeron en 1945.


Bajo una imponente y a la vez sencilla imagen sedente de Cristo Rey, se encuentra el mausoleo de mármol, veteado pictóricamente en tonos crema y marrones, en el que reposan desde entonces los restos de Antonio Molle Lazo. Las únicas inscripciones sobre la piedra marmórea son el nombre del requeté mártir a un lado y el ¡Viva Cristo Rey!, que fue su última exclamación, al otro. En la frontal, en bronce, el escudo de Jerez a un lado, el de Mallorca en el otro extremo, pues fue al parecer un devoto donante mallorquín quien sufragó los gastos del mausoleo, y, en el centro, la imagen de Nuestra Señora de la Merced, patrona de Jerez de la Frontera.

La fama de martirio del joven jerezano -aunque nacido en Arcos de la Frontera- se ha mantenido intacta desde entonces hasta nuestros días, transcurridos ya noventa años y aunque hallan muerto ya todos los que le conocieron.

A la difusión de la fama de martirio de Antonio Molle contribuyó decisivamente el esfuerzo del también jerezano y carlista Sixto de la Calle, íntimo amigo de Antonio en sus días de la Juventud Tradicionalista, último superviviente del glorioso Tercio de Nuestra Señora de la Merced y gran impulsor de la causa de beatificación a través de la Junta de Cristo Rey creada en 1940, así como también la persona de Manuel Fal Conde y la Editorial ECESA que fundó en Sevilla, gran foco de difusión de la figura de Antonio Molle hacia los carlistas de toda España.[3]

Durante la visita al sepulcro en este verano del 90 aniversario de la muerte de Antonio Molle, el sobrino-nieto del mártir entregó al fundador del Museo Carlista de Madrid los azulejos que estaban en el monumento a Antonio Molle situado en el lugar donde se encontró su cadáver en Peñaflor, y que hoy ha desaparecido. El monumento fue sufragado por los carlistas de la propia localidad sevillana.


Además de los mencionados azulejos, verdaderas reliquias emocionales del martirio de Antonio Molle Lazo, su sobrino-nieto entregó también al fundador del Museo Carlista de Madrid dos banderas de gran interés histórico.
La primera de ellas es la bandera de la Juventud Tradicionalista de Jerez, sección de juventud del Círculo Carlista de la ciudad a la que pertenecía Antonio Molle desde que tenía 16 años, y de la que salieron los requetés que más tarde formarían el Tercio de la Merced.
En el anverso, el escudo de la Juventud Tradicionalista, y en el reverso el escudo de Jerez de la Frontera con unas curiosas divisas de los jóvenes carlistas: “Fuertes como castaños; constantes como las olas del mar; bravos como los leones”.


La segunda, se trata de una bandera de la Agrupación Socialista de Lopera, que los requetés del Tercio de Nuestra Señora de la Merced capturaron en la toma de la población, y que, como la de la Juventud Tradicionalista, fue conservada hasta su muerte por el capitán José García Barroso, uno de los fundadores del Tercio de la Merced.

El Tercio de requetés de Nuestra Señora de la Merced fue formado por los miembros de la Juventud Tradicionalista de Jerez, a la que perteneció Antonio Molle Lazo, y enroló a los combatientes carlistas de la provincia de Cádiz.
El día 17 diciembre de 1936 -cuatro meses después de la muerte de Antonio Molle- aparece por primera vez el nombre del Tercio, cuyos efectivos habían salido para Córdoba el día 11 de diciembre, hacia donde marcharon doscientos cuarenta requetés mandados por el capitán Francisco Zuleta, al mismo tiempo que una segunda columna salía con unos setenta requetés para el frente de Málaga.

Los requetés del Tercio de la Merced se unirían a la Columna Redondo en Córdoba, donde se encontraba casi la totalidad del Requeté andaluz, desfilando en la ciudad el día 12 de diciembre unos dos mil requetés al mando del comandante Redondo.
La noche del 19 de diciembre en el frente de Cañete de las Torres se despliega el Tercio de la Merced por primera vez en primera línea de fuego. El 27 de diciembre toda la columna Redondo marcha hacía Lopera donde el Tercio de la Merced ocuparía el «Cerro de San Cristóbal» y lo defendería después con bravura. El día 29 se prepara la columna Redondo para Liberar Porcuna, pero el contrataque de las fuerzas republicanas sobre Lopera, obliga a la Columna de Pérez de Guzman regresar a toda prisa, en una marcha infernal por entre los campos y sembrados, para cargar a la bayoneta con el enemigo al que desaloja de sus posiciones, aliviando la presión sobre sus compañeros y reocupando Lopera.
Es en este heroico episodio el que evoca la bandera roja de la Agrupación Socialista local, que fue arrebatada a los suyos por los bravos requetés andaluces del Tercio.
Si estas dos banderas tienen indudable valor histórico y relacionado con la biografía de Antonio Molle Lazo, más lo tiene la tercera de las banderas que encontraron los descendientes de XXX en la misma caja de madera cuando accedieron a la casa al fallecer su abuela, hija del capitán requeté: la bandera nacional, con el Sagrado Corazón en su escudo, que cubrió el féretro del propio Antonio Molle durante su traslado para recibir sepultura. Un felicísimo hallazgo con el que se ha cubierto este año el mausoleo en la misa que este 10 de agosto se celebró en honor del mártir como todos los años, pero con mayor solemnidad, si cabe, por tratarse del 90 aniversario de su muerte.

Tras rezar ante el sepulcro del mártir, abandonamos la Capilla de Cristo Rey para, a través de unas escaleras desde la sacristía, acceder al pequeño pero rico museo parroquial que mantienen los carmelitas, en el que se conserva una de las banderas originales del Tercio de Nuestra Señora de la Merced usadas durante la guerra.
La bandera, de cuya moharra penden las corbatas con los colores de las cintas de las condecoraciones ganadas por el Tercio, presenta en su reverso la Cruz de San Andrés, con la leyenda “Unidad Católica” en sus ápices, mientras que el anverso contiene bordado el emblema de la Juventud Tradicionalista, igual al de la bandera que hemos hecho referencia anteriormente, y muestra clara de la conexión directa que existió entre esta sección juvenil de la Comunión Tradicionalista jerezana y la formación del Tercio.

Concluida la vista al sepulcro de Antonio Molle y el museo parroquial de la basílica de Nuestra Señora del Carmen, nuestro anfitrión nos permitió entrar en la casa de su abuelo Manuel, situada justo enfrente del templo, para enseñarnos algunas de las pertenencias y recuerdos del mártir que en ella se conservan.

La mayor parte de las reliquias del mártir se encuentran conservadas en una preciosa vitrina de madera, labrada en su parte alta con un escudo con la Cruz de Borgoña, cruzado por dos fusiles y rematado por una boina requeté con borla.


En el interior de la vitrina se acumulan fotografías, pertenencias y recuerdos en torno a un Crucifijo central con el que Antonio Molle fue enterrado. Una botella de vino amontillado que sus correligionarios de la Juventud Tradicionalista le llevaron a la cárcel cuando estuvo semanas detenido en abril de 1936 por haber defendido de las turbas un convento, una cruz y un cinturón, detentes y otras insignias, una boina roja, y diversas fotografías constituyen este relicario de recuerdos que piadosamente se han conservado en manos de sus familiares.



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En las paredes que rodean a la vitrina, cuelgan otros recuerdos del requeté mártir: un retrato al óleo -del que hay una copia en el Museo Carlista de Madrid-, un recordatorio de gran formato, o el diploma de los Mártires de la Tradición personalizado con su nombre y fotografías familiares.


Otros son recuerdos de Manuel Molle, el hermano pequeño de Antonio[4], que con solo quince años se escapó de casa para incorporarse al Tercio de Nuestra Señora de la Merced, y a quien el fundador del Museo tuvo el honor de visitar y conocer en su juventud, allá por los primeros años 80 del pasado siglo.



La visita a ese santuario que tantos recuerdos alberga del joven mártir, y a través de él de todos aquellos requetés que combatieron en nuestra Cruzada, verdaderos hombres de otra pasta, no puede por menos que provocar una emoción difícil de describir en quien indignamente comparte aquellos mismos ideales.
La Asociación de fieles Servidores de Cristo Rey, a la que nos orgullecemos en pertenecer desde su constitución, prosigue en su impulso a la causa de beatificación de Antonio Molle Lazo, trasladada ahora desde Sevilla, donde tantos obstáculos encontró, a la diócesis de Jerez, donde es de esperar que discurra con mayor fluidez. Un nuevo Informe Histórico, primer requisito del proceso, está en elaboración y próximo a su conclusión, esta vez encomendado a un historiador de garantía e imparcialidad, sin los prejuicios de quien, en su informe para la diócesis hispalense, calificara la muerte martirial como simplemente una más de las que desgraciadamente ocurrieron durante la Guerra Civil.
Mientras, muchas personas, carlistas y no carlistas, jerezanos y de todos los puntos de España e incluso de Hispanoamérica, seguimos encomendándonos a Antonio Molle Lazo -y recibiendo favores a través de su intercesión, como en mi propio caso-, convencidos de que su glorificación no depende de los hombres, y de que el joven jerezano disfruta ya de la única Gloria que importa, convertida ya en realidad aquella frase con la que selló su muerte: “Me matareis, pero Cristo triunfará”.
[1] Hasta el reconocimiento oficial de la Iglesia del martirio de Antonio Molle Lazo, usamos la palabra mártir, como también reliquia, en sentido coloquial y no canónico.
[2]Jorge López Teulón: Hacia las 17h en el cementerio de Peñaflor (Sevilla). https://www.religionenlibertad.com/blogs/victor-in-vinculis/260810/hacia-las-17h-en-el-cementerio-de-penaflor-sevilla_119553.html
[3] En Madrid la existencia de un Círculo Carlista con el nombre de Antonio Molle se debe a que en los días en que Mario Rodríguez Correa, con el que yo estaba en contacto, alentaba la creación de un Círculo con el grupo de jóvenes carlistas que le seguían, ese gran apóstol del Tradicionalismo que fue Alberto Ruiz de Galarreta me habló del requeté gaditano, cuya figura yo apenas conocía. Entusiasmado con el descubrimiento, se lo comenté a Mario, que decidió bautizar su Círculo con el nombre de Antonio Molle.
[4] Los Molle Lazo eran tres hermanos: Carlos, el mayor, Antonio el de en medio, y Manuel, el pequeño de los tres y abuelo de nuestro amigo y anfitrión Antonio Molle Torné.




Magnífico artículo y merecido homenaje. Las imágenes aportadas tienen un valor incalculable.
Muchas gracias Javier
VIVA CRISTO REY