Los retratos carlistas de José A. González de la Peña, barón de Forna.
- Museo Carlista de Madrid
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La aparición en una casa de subastas bilbaína de dos retratos de quien fuera capitán de requetés, Rafael de Olazábal, obra de José A. González de la Peña, ha vuelto a llamar nuestra atención sobre un pintor a quien no habíamos prestado suficiente interes en nuestros trabajos sobre la pintura carlista[1].
Los datos que se conocen sobre la vida del pintor proceden fundamentalmente de las palabras pronunciadas en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando por el arquitecto Modesto López Otero, director de la institución y amigo personal del pintor, con motivo de su fallecimiento en 1961[2].
José Antonio González de la Peña y Rodríguez de la Encina, Barón de Forna, nació en Madrid en 1887 en el seno, por parte de madre, de una familia de la nobleza valenciana emparentada con la alta aristocracia -Eugenia de Montijo era su tía bisabuela-, y que tenía su residencia en la capital.
Su padre fue Joaquín González de la Peña y Sedze, Ministro de Gracia y Justicia , senador por Sevilla, presidente de la sala Tercera del Tribunal Supremo y Presidente de la Comisión de Codificación, de estirpe familiar andaluza y nacido en Utrera (Sevilla) el 10 de febrero de 1836. Contrajo matrimonio en Madrid en 1879 con doña Pilar Rodriguez de la Encina y Falcó, XIV baronesa de Forna, naciendo de su matrimonio cinco hijos, primero tres varones -de los que José fue el segundo- y después dos mujeres, la mayor de las cuales sería religiosa. Ninguno de los cinco hijos tendría sucesión.
Movido por una temprana vocación, el joven abandonó los estudios de Ingeniería, que constituían el deseo de sus padres, para formarse con el pintor Alejandro Ferrant y completar después su formación de manera autodidacta.
Participó en una exposición en Granada y, finalmente, dio el salto a París, ciudad a la que viajó continuamente y donde entabló amistad con Picasso, Utrillo, Juan Gris, y recibió el apoyo de algunos pintores ya consagrados, como Anglada Camarasa e Ignacio de Zuloaga, que le animaron a continuar su empeño por convertirse en un pintor profesional. En 1915 se organizó una exposición homenaje al pintor Darío de Regoyos en la capital francesa, bajo la denominación de La Libre Esthéthique, a la que González de la Peña presentó su obra “Novios gitanos” que recibió una crítica muy favorable de José Francés.
En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial el pintor decidió trasladarse a Cuba, para más tarde viajar por México y otras repúblicas hispanoamericanas, donde el pintor contrajo matrimonio con Dolores Elizondo, “mujer seria, devota e intelectual”, oriunda de Venezuela, donde el barón de Forna había sido cónsul de España.
En América, González de la Peña desarrollaría una intensa labor como retratista al óleo e ilustrador y humorista gráfico al servicio de diversas publicaciones periódicas de Cuba, México y Argentina.
En el año 1923, el matrimonio regresó a Europa, instalándose primero en Madrid y realizando después desplazamientos a Paris y Bruselas, donde el pintor pudo exponer sus obras. Al año siguiente los esposos decidieron establecer su residencia definitiva en la localidad francesa de Anglét, cerca de Biarritz, en una casa con amplio terreno a la que llamaron Villa Fortuna, y en la que en un pabellón separado instaló el pintor su estudio, al que puso de nombre de L’Atelier. Allí reunió un verdadero museo con una espléndida colección de cuadros, grabados, esculturas, objetos artísticos y curiosidades, así como una selecta biblioteca. En L´Atelier desarrollaría el barón de Forna el grueso de su producción hasta su muerte.

Con gran facilidad para el dibujo, de la producción pictórica de González de la Peña destacó especialmente el género del retrato, elogiado por su amigo el crítico de arte Camille Mauclair. Su estilo evolucionó desde un cierto academicismo, en el que el dibujo jugaba un papel importante, a una técnica más suelta, en la que mandan la luz y el color y el artista se recrea en la pura materia pictórica, llegando a veces a pintar a base de brochazos de color que van creando las formas con una técnica impresionista o abocetada, en la que la figura y el fondo se funden como si éste fuera una prolongación del personaje, rozando los esquemas del expresionismo.

Además del retrato, González de la Peña cultivo otros temas, incluidos los de carácter folklórico o popular. Pintó un buen número de escenas taurinas, a las que él mismo llamaba Torerías, entre las que debe destacarse la serie que se denominó “El toreo de hoy”, un álbum de veinte heliocromías que se editó en 1928.
También pintó algunos cuadros de temática religiosa para el claustro del convento de capuchinos de Bayona, como un San Francisco y un grupo de santos bienaventurados protectores de la orden, así como la decoración de la iglesia de la villa de Arcangues. Pintó también murales y decoró la Salle de Sorcieres del Museo Vasco de Bayona. También figuran obras suyas en el Museo de San Telmo en San Sebastián.
Hombre de amplia cultura y viajero infatigable, pronunció gran número de conferencias, algunas de las cuales fueron publicadas. En 1939 donó al Museo del Prado una obra de Carreño de Miranda por lo que, a petición del Patronato del Prado, le fue concedida por el Gobierno la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio.
En 1949 fue nombrado académico correspondiente en Francia de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, a propuesta del duque de Alba, el pintor Álvarez de Sotomayor y el catedrático Francisco Javier Sánchez Cantón, estos dos últimos directores del Museo del Prado.
A partir de 1955 el pintor fue donando a la Real Academia una serie de obras de su colección, tanto autógrafas como de otros pintores, incluyendo un óleo de Romero de Torres y otro de Eugenio Lucas, lo que la institución agradeció inscribiendo su nombre entre los académicos beneméritos.

Por su dedicación al mundo de la cultura desde la Academia de Bellas Artes de San Fernando fue condecorado con la gran cruz de Alfonso X el Sabio, y nombrado comendador de la orden del Mérito Civil y de la de Isabel la Católica. Fue también condecorado con la Cruz de caballero de la Legión de Honor de Francia.

El barón de Forna murió en Anglet el 25 de junio de 1961 y fue enterrado, por deseo expreso, en el cementerio de Arcangues, al pie de los Pirineos.
Al poco de su fallecimiento, su viuda María Dolores Elizondo donó a la Real Academia dos dibujos, obra de Delacroix y Picasso respectivamente, así como un nutrido conjunto de pinturas, acuarelas y dibujos. La baronesa, en cumplimiento de la voluntad filantrópica de su esposo, instó a la corporación a que distribuyese mediante depósitos algunas de estas piezas por distintos museos españoles, entre los que se incluyó el Museo Provincial de Bellas Artes de Málaga, que conserva dos obras del pintor.
Aparte de ello, la baronesa dejaría a su muerte en su testamento un importante legado a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cumpliendo la voluntad de su marido. La donación se materializó en un capital de 720.000 francos, con el que la Academia instituyó el Premio González de la Peña, llamado así por expreso deseo de la finada, y que tiene caracter anual.
En el Museo de la Real Academia de San Fernando se conservan actualmente treinta y ocho obras originales del barón de Forna, en su mayoría retratos, de los cuales veintiuno son “doloritas” -como él los llamaba- o retratos de la baronesa, donados por ella misma en 1964 en nombre de su esposo. El resto son retratos de diversos personajes con los que el pintor tuvo amistad, autorretratos y otras obras de temática variada.
En la obra pictórica de González de la Peña destacan los retratos de Ortega Munilla, Pío Baroja, su amigo el pintor Lezcano, el Padre Donostia, Francis Jammes (cuyo óleo se guarda en el Museo de Arte Moderno de Francia), Ravel, Sacha Guitry, Claude Ferrère, Marqueses de Arcanges, Monseñor Jarossau, Camile Mauclair, Dolores María de Elizondo (su esposa), Princesa Elizabeth de Caraman-Chimay, Reverenda Madre María de la Purificación (superiora de las franciscanas de Bilbao), Ángel Lizcano (fechado en 1927, propiedad del Museo del Prado, depositado en Lugo), Señorita Cárcer (fechado en 1912 y depositado en el Ministerio de Hacienda) y Antonio Marichalar y Rodríguez, marqués de Montesa (de 1939, conservado en la Real Academia de la Historia). Y, sobre todo, por el interés especial para nosotros, los retratos de Don Javier de Borbón Parma y del destacado prohombre del carlismo Rafael de Olazábal y Álvarez de Eulate.
Desconocemos los detalles de la relación entre el pintor, el príncipe regente de la Comunión Tradicionalista y Rafael Olazábal, que podemos situar en torno a 1939/1940, y en la que la coincidencia de todos ellos en el territorio vasco-francés podemos suponer que fuera determinante.
Aunque los tres retratos de Don Javier realizados por González de la Peña no están fechados, su datación puede situarse con la mayor probabilidad en los meses finales de la Guerra Civil o inmediata posguerra, es decir, en torno a los años 1938 y 1941.
Por su Diario[3], sabemos que desde el comienzo de la Guerra Civil el príncipe Don Javier de Borbón-Parma permaneció en San Juan de Luz y otras poblaciones del sur de Francia, desde donde hizo varias entradas a España. Posteriormente, y después de ser expulsado de España por Franco a fines de 1937, pasó a residir en el Castillo de Bostz, Comuna de Besson, Cantón de Souvigny, en el centro de Francia, que era propiedad de su esposa y estaba en un área no ocupada por los nazis, Desde allí realizó muchos viajes a diversas ciudades europeas (Paris, Luxemburgo, Ginebra, Viena, Roma…), en un trasiego que hace difícil seguir con precisión sus desplazamientos.
En cuanto a Rafael de Olazábal Álvarez de Eulate, era uno de los once hijos de Tirso de Olazábal, conde de Arbelaiz, senador y gran personalidad del carlismo por su estrecha relación con Don Carlos y su hijo Don Jaime.
Rafael de Olazábal nació el 15 de febrero de 1884 en Aquitania (Francia). Jugó un papel importante en el carlismo vascongado durante la preparación del Alzamiento, siendo uno de los comisionados de la Comunión Tradicionalista que se entrevistó con Mussolini para pedir su ayuda para un levantamiento contra la República. Durante la Cruzada fue capitán de Requetés y fue uno de los asistentes a la famosa reunión de Insua (Portugal) de febrero de 1937, con Don Javier de Borbón presente, en la que la dirección carlista debatió su estrategia de cara a la unificación que se barruntaba y la colaboración con los falangistas.
En la posguerra Olazábal fue miembro de la Junta Auxiliar que dirigía el carlismo bajo la jefatura delegada de Don Manuel Fal Conde que oficializó en 1941 la Regencia Nacional en la persona de Don Javier de Borbón-Parma. Olazábal sería más tarde también uno de los firmantes de la carta dirigida por Manuel Fal Conde y la plana mayor carlista al general Franco en 1943 pidiendo la reimplantación de la monarquía tradicional. Más tarde sería, sin embargo, uno de los carlistas que reconoció a Don Juan de Borbón en el acto celebrado en Estoril en 1957.
Desde la segunda mitad de 1937, con un carlismo desconcertado por el reciente Decreto de Unificación impuesto por Franco, Rafael Olazábal actuó como enlace entre el Príncipe Don Javier, que estaba en San Juan de Luz, y los carlistas en España. Esta relación especial se mantuvo en la inmediata posguerra. Es sin duda esta circunstancia la que fraguaría una estrecha relación entre las dos personalidades, que coincidirán en ser retratados por el pintor González Peña, sin que podamos saber de quien partió el primer contacto entre los tres.
Nada sabemos las ideas políticas que pudiera tener el pintor José A. González de la Peña, del que sus biógrafos han destacado su manifiesta caridad y su profundo amor a España. Sus retratos plasmaron en el lienzo generalmente a personalidades con quienes le unió la amistad, y el hecho de que realizara no uno sino tres retratos de Don Javier y otros tres de Rafael de Olazábal no puede más que significar que la amistad con ellos debió ser particularmente estrecha. De ella cabría deducir, si no una militancia, si al menos una simpatía por parte del pintor por la causa tradicionalista.
De los tres retratos de Don Javier pintados por el barón de Forna que conocemos, dos son de medio cuerpo y uno de cuerpo entero, este último fechado en 1940 y conservado en el Museo del Carlismo de Estella. En los tres, Don Javier aparece tocado con boina roja y vestido con uniforme cubierto por un capote, lo que da a entender que fueron realizados en invierno. Por una fotografía de fecha incierta, sabemos que Don Javier utilizó con frecuencia esta uniformidad durante el periodo de la Guerra.


Los otros dos los conocemos a través de las fotografías que aparecieron publicadas en la mencionada biografía de Don Javier, el primero de ellos, y en la carpetilla sobre la obra del pintor editada en Francia por su amigo el crítico de arte Camille Mauclair, el segundo, que se conserva en el palacio de Bostz que heredó doña María Francisca, princesa viuda de Lobkowicz e hija mayor de Don Javier.



En cuanto a los retratos de Rafael de Olazábal, el que conocíamos hasta ahora es un retrato de medio cuerpo, de 96x76 cm y fechado en 1940, en el que el retratado se muestra sentado, con las manos cruzadas delante de la rodilla, en actitud reflexiva -como es habitual en los retratos del pintor-, ataviado con la boina roja con borla dorada de capitán de requetés y capote con cuello de piel, en el que se distingue el águila bicéfala con las aspas de San Andrés. El fondo muestra una escena en el interior de una estancia, en la que un par de requetés parecen encender o contemplar una gran chimenea.
El cuadro pertenece al Ministerio de Cultura y se encuentra cedido al Museo del Carlismo de Estella.

Mayor interés posee el primero de los dos retratos subastados recientemente en la casa de subastas Gran Vía de Bilbao, titulado "Retrato D. Rafael de Olazabal con batalla al fondo".
Se trata de un óleo sobre tabla de 65 x 50 cm y fechado en 1940, en el que Olazábal aparece con boina roja y el mismo uniforme de oficial del Requeté, cubierto con capote, botas altas y con los brazos cruzados sobre la cintura, sobre un fondo borrascoso a cuyo pie se representa un grupo de combatientes requetés que tremolan la bandera nacional bicolor y la bandera blanca carlista con las aspas de San Andrés.
Por su estilo, podemos atisbar la influencia de Zuloaga, al que el pintor trató en Paris, y esa evolución hacia una pintura suelta y de trazo impresionista, en la que fondo y figura se complementan en un todo.
Al dorso del cuadro se lee Nº 1094 de L´Atelier. Rafael de Olazabal por José G. de la Peña. L` Atelier - Anglet. B. P. MCMXL.

El tercero de los retratos de Rafael Olazábal pintado por González de la Peña no llega a ser de medio cuerpo, y, a diferencia de los anteriores, aparece vestido de civil, con corbata y un traje color gris, de cuyo bolsillo sobresale un voluminoso pañuelo.
Nuevamente se aprecia la pauta romántica que inspira toda la obra del pintor, manifestada en la forma de ver al personaje y situarlo en el lienzo con ese aire pausado en el que pretende vislumbrarse la interioridad del retratado.
El cuadro, un óleo sobre lienzo de 61x49 cm, está firmado por su autor y fechado igualmente en 1940, año en el que parece que el pintor realizó todos estos retratos.
Al dorso figura el Nº1114 de L´Atelier - Anglet. B.P. MCMXL

El retrato fue adquirido por el Museo Carlista de Madrid, cuya singular pinacoteca de pintura carlista ha pasado a enriquecer, para disfrute de su creciente número de visitantes.
La aparición de los retratos de Don Javier de Borbón Parma y de Rafael de Olazábal Eulate han permitido la recuperación de la memoria de un pintor del que teníamos hasta ahora solo un conocimiento superficial, pero que con todo derecho debe ser inscrito en la nómina de los pintores filocarlistas, compuesta por todos aquellos artistas que con su obra han contribuido a poner imagen y color a la historia del carlismo y a los que fueron sus protagonistas.
[1] Javier Urcelay es autor de los libros “La Dinastía Carlista en la Pintura” y “Veinte pintores filocarlistas y un Apéndice”, ambos publicados por Galland Books, en 2020 y 2021 respectivamente.
[2] La biografía del Barón de Forna fue publicada por Victoria Durá y Elena Rivera Navarro en El legado "Barón de Forna". Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Segundo semestre de 1990. Número 71.
La información sobre sus orígenes familiares nos ha sido proporcionada por nuestro amigo Fernando González de la Peña, emparentado lateralmente con el pintor a través de su bisabuelo, así como la fotografía del mismo, que hemos coloreado con IA.
Para una mayor información sobre la Baronía de Forna puede consultarse ARQUITECTURA a les VALLS de PEGO. | FORNA. ANTIGUA CASA DE LA SEÑORÍA | Facebook
[3] El Diario de Don Javier se recoge en “Don Javier, una vida al servicio de la libertad”, obra de María Teresa de Borbón Parma, Josep Carles Clemente y Joaquín Cubero, publicada en 1997 por Plaza y Janés.




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