• Museo Carlista de Madrid

"A la puerta del cuartel", una valiosa adición a la iconografía carlista de la Tercera Guerra

Actualizado: oct 7


A la puerta del cuartel, de Gerardo Meléndez y Conejo, 1889


La pinacoteca de pintura carlista integrada en el Museo Carlista de Madrid -probablemente la mayor existente en España en cuanto a número de obras- se ha enriquecido con la incorporación de un valioso cuadro, poco conocido hasta ahora. Se trata del óleo titulado “A la puerta del cuartel”, firmado por Gerardo Meléndez en Vitoria en 1889.

La pintura, un óleo sobre lienzo de considerables proporciones (76 x 111 cm), fue adquirida en la subasta de la Broward Auction Gallery, celebrada en Fort Lauderdale (Florida, EEUU) en septiembre de 2021, viajando inmediatamente después a San Lorenzo de El Escorial para su exposición en una de las salas del piso superior del museo. Se repatría así a España una obra de tema y autor españoles, reintegrándola a nuestro ambiente y permitiendo su conocimiento por parte de todos los interesados en la iconografía carlista.

Gerardo Meléndez es un pintor e ilustrador bastante desconocido en nuestros días, a pesar de su calidad y de la divulgación que su obra tuvo en su tiempo. Los pocos datos que hemos encontrado sobre él proceden de Wikipedia y alguna otra página de internet.

Gerardo Meléndez y Conejo nació en Orense en 1856, hijo de Julián, un empleado de Hacienda. Cursó sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, perfeccionando su aprendizaje en el museo del Prado donde figura inscrito en el libro de registro de copistas en 1867 y 1873.

Su primer éxito como pintor fue en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1874, en la que obtuvo una mención honorifica por la obra Una misa en la capilla del obispo de Madrid.

En 1876 participó en la Exposición de Bellas Artes de León con las obras Flores de mayo y Presentación de una esclava al scheriff de Tanger. Ese mismo año y con motivo de las fiestas dedicadas a Benito Jerónimo Feijoo, expuso en Orense un retrato representando al ensayista acabando su obra “El teatro crítico”, que donaría al municipio.

En 1883 realizó el retrato del médico de la Coruña Ramón Pérez Cestales (al que Picasso retrataría años después) y en 1886, estando afincado en Salamanca, los retratos de varios de los rectores de su Universidad.

Paralelamente trabaja como dibujante en La Ilustración de Galicia y Asturias, La Ilustración Militar, La Academia, La Ilustración Católica, La Ilustración Española y La Ilustració Catalana, así como otras revistas, apareciendo también sus dibujos en textos educativos y almanaques publicados en la época. Entre sus obras pueden citarse La abuela, El pueblo de Zaragoza poniendo en libertad a Antonio Pérez, Su Majestad espera, retrato del Obispo de Tuy, Una cigarrera de Sevilla, Fiesta en el parque y retrato del Rey D. Alfonso, además del A la puerta del cuartel al que dedicamos nuestra atención en estas líneas.


Fiesta en el parque, obra de Gerardo Mélendez y Conejo

Su labor como pintor y dibujante, ilustrador y grabador la combinaba con trabajos de artesanía en madera. En la Exposición regional de Logroño de 1897 fue premiado con una segunda medalla su obra Un costurero de estilo gótico bizantino, tallado y pintado por el artista.

Se desconoce el año y lugar del fallecimiento del artista, aunque sabemos que en 1905 permanecía activo y residía en Madrid en la calle Reyes nº 25, donde constaba como pintor artista.

Su biografía aparece publicada en el volumen 34 of the la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo- americana.


La escena representada en “A la puerta del cuartel” muestra un grupo de jefes carlistas alrededor de una mesa a la puerta de una casa, ante los que se postra de rodillas una mujer implorando clemencia para el preso sujetado por dos voluntarios carlistas. Al fondo un paisaje delante de unas montañas, en el que se aprecia una charca y el recinto cercado por un muro de lo que parece un cementerio con los característicos cipreses.

En el grupo de oficiales destaca como figura central un brigadier, que levantado la mano parece dar una orden a los soldados que retienen al prisionero, o bien dirigirse a la mujer. Junto a él, alrededor de la mesa se sitúan dos tenientes sentados y uno de pie, así como un capitán, que aparece de espaldas y que al levantarse ha dejado caer la silla en la que se sentaba, quizás empujada por el sable que cuelga de su cintura. Las graduaciones pueden distinguirse por los tres galones o trencillas de los capitanes y las dos que lucían los tenientes.


"A la puerta del cuartel", detalle

Por el uniforme que visten, el brigadier y los oficiales pertenecen al Real Cuerpo de Guardias a Caballo, también conocido como Escuadrón Real. Creado en 1873 para la escolta real, el Escuadrón de Guardias a caballo carecía inicialmente de uniforme y se vestían a su costa hasta enero de 1874, en que una Circular estableció las normas para la uniformidad del Ejército Carlista del Norte.

Las diversas fotografías conservadas permiten conocer con bastante precisión cómo era el uniforme de los integrantes del Escuadrón Real, descrito además por Ana Sagrera en su biografía de la duquesa de Madrid. José María Bueno en su libro “Uniformes, banderas y organización de las tropas carlistas 1872-76” proporciona la descripción detallada, que acompaña con un dibujo: boina roja, chaqueta dormán de color azul turquesa con alamares negros, pantalones rojos con doble franja azul turquesa con falsas botas de charol o cuero negro. La bandolera era de color negro, con cadenillas plateadas, igual que los botones. Probablemente cuello y bocamangas son de color rojo y en el primero llevan sardinetas plateadas.


Uniforme de los miembros del Escuadrón Real, dibujado por José María Bueno

Es interesante observar el detente que muestran en su chaqueta los oficiales, que no pasó desapercibido al detallismo del pintor. Sabemos que el uso de los detentes por parte de los carlistas fue muy común en la Tercera Guerra, manteniéndose ya desde entonces como una de las señas de identidad de los voluntarios carlistas en la Cruzada del 36 y hasta nuestros días.

En cuanto a los soldados que aparecen en la escena, por su uniformidad podrían pertenecer al 1er Batallón cántabro, cuyos miembros, según el citado José María Bueno, vestían boina -sin borla- y pantalones rojos, blusa azul claro y polainas negras, a los batallones de Infantería navarros, que vestían igualmente pantalón rojo, o a la clase de tropa del propio Escuadrón Real, como parece más lógico.

El prisionero, por su parte, pertenece a un regimiento gubernamental de cazadores de Infantería, con rango de soldado distinguido, tal y como se deduce del ángulo de color rojo que muestra en el brazo.



Durante la Tercera Guerra, las fuerzas de caballería carlista son inferiores a las de la Primera Guerra, pese a la importancia de la Caballería republicana. En 1873 se crearon dentro del Cuarto Militar de Carlos VII una compañía de guías y una pequeña escolta de caballería. En 1874, las autoridades militares carlistas decidieron centralizar algunos servicios en “cuerpos centralizados” para un mejor aprovechamiento de los recursos. Entre ellos figuraron las llamadas tropas de la Casa Real -hasta entonces dependientes del Cuarto Militar de Carlos VII-, formadas por un batallón de guías y un Escuadrón de Guardias a Caballo, imitación de los Guardias de Corps. El primero llegaría a contar en 1875 con más de 800 hombres, mientras que el Escuadrón de Guardias a caballo, más conocido como Escuadrón Real, lo integraban alrededor de 160 miembros, al mando del coronel D. Manuel de la Cruz, según refiere el Barón de Artacán. Sus costes eran soportados por las cuatro diputaciones vasco-navarras, en una proporción previamente acordada entre ellas, recayendo la tercera parte sobre la Diputación de Navarra.

El Cuerpo de Guardias a Caballo se mantuvo hasta el final de la guerra en 1876, distinguiéndose especialmente por su participación en la batalla de Lácar, en la que el general Ramón Argonz mandaba el batallón de Guías, según Pablo Larraz escribe en su magnífica monografía sobre la batalla, y quizás la totalidad de la caballería de la Casa Real, lo que hace posible que sea su figura la que aparece retratada en la pintura de Meléndez.


General carlista Ramón Argonz

El cuadro de Gerardo Meléndez constituye un valioso testimonio gráfico de la Tercera Guerra, en el que destaca ese detallismo y rigor en la representación de los uniformes, las mochilas y cartucheras, el armamento -en el que se distinguen perfectamente los rasgos de los fusiles Remington- etc, y que se aprecia también en esos pequeños detalles como la vegetación del cementerio, los detentes o la condecoración en el pecho del brigadier que protagoniza, junto a la mujer implorante, el dramatismo de la escena.

Desconocemos las circunstancias en las que Gerardo Meléndez pintó su cuadro, ni los motivos que le llevaron a realizar el mismo, fechado en Vitoria en 1889, cuando el pintor -que conoció en su juventud la guerra carlista- contaba 33 años. Quizás la obra surgiera en el marco de su colaboración con La Ilustración Militar -lo que por las fechas parece poco probable-, o fuera un encargo particular, ya que no conocemos ninguna información que nos lleve a pensar en una posible proximidad ideológica del pintor al Carlismo, cosa que tampoco puede descartarse a priori.

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