• Museo Carlista de Madrid

Carlos VII, el rey romántico al que gustaba disfrazarse


Carlos de Borbon disfrazado de torero

Don Carlos de Borbón, el futuro rey carlista Carlos VII, entendió el valor de la imagen ya desde la adolescencia, cuando vivía con su madre en Venecia recluido en el Palacio de Loredan, apartado contra su voluntad de todo lo que tuviera que ver con España y con la cabeza llena de sueños e ideales de grandeza. El que sería posteriormente su Secretario, Francisco Melgar, escribió en las memorias de sus Veinte años con Don Carlos que “Todas sus economías de muchacho las gastaba en hacerse fotografías que se proponía enviar a España como propaganda”.

Este aprecio por el valor político de la imagen, del que Don Carlos fue sin duda un pionero, se incrementaría después de las reuniones de Londres y Vevey que oficializaron su pretensión al Trono. Don Carlos era aún por entonces un perfecto desconocido en España, incluso entre las huestes carlistas, y la profusión de retratos suyos que puso en circulación por entonces tenía como objetivo popularizar su figura.

Este uso de la imagen se mantuvo durante toda la vida de Carlos VII, conociéndose cerca de trescientas fotografías suyas -muchas más que de cualquier personaje de la época- realizadas la mayoría con un evidente afán propagandístico.



Esta conciencia precoz de Don Carlos por el valor político de la imagen se vio potenciada por la propia fotogenia del personaje -cuya majestuosidad y porte natural salta inmediatamente a la vista-, de la que era bien consciente, y por la idealización que de su figura en el destierro hicieron los carlistas, que convirtieron su imagen en el icono de la causa por la que luchaban. Grandes retratos de Don Carlos adornaban las salas de los innumerables círculos y casinos carlistas existentes por toda España en los años 90 del s. XIX, impulsados por el relanzamiento del partido llevado a cabo bajo la dirección del marqués de Cerralbo.


Don Carlos con vestidos gauchos

Don Carlos era, además, a titulo personal, gran aficionado a la fotografía, y tanto él como su segunda esposa Berta de Rohan hicieron sus pinitos con aquellas primeras cámaras Kodak con las que la fotografía salió del campo exclusivo de los estudios de los fotógrafos profesionales.

Don Carlos gustaba de retratarse en poses bien estudiadas, engalanado con sus lucidos uniformes de capitán general carlista, con vistosos entorchados y condecoraciones, entre las que nunca faltaba el toisón de oro, y frecuentemente empuñando o portando su magnífico sable. Así podemos verle en cientos de retratos en las famosas cartes de visite que hacían furor entre la realeza y los aristócratas de toda Europa.

Pero además Don Carlos disfrutaba disfrazándose, y aprovechaba cualquier ocasión, como la que la que le depararon sus viajes a Argel en 1879 o a Chile en 1887. De ello queda constancia en algunas fotos menos conocidas, pero que constituyen un reflejo elocuente de ese espíritu romántico y soñador que caracterizó al más icónico de los reyes carlistas.



MUSEO CARLISTA DE MADRID.-

Colección J. Urcelay

Reservados los derechos. Museo Carlista de Madrid.- Colección J. Urcelay