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  • Museo Carlista de Madrid

Berta de Rohan, segunda esposa de Carlos VII y Duquesa de Madrid*

Actualizado: 1 jun


Berta de Rohan

Maria-Bertha Franziska Felicia Johanne de Rohan-Guemene, o simplemente María Berta de Rohan para los españoles, fue la segunda esposa del rey Carlos VII y es posiblemente la menos conocida, y también quizás la menos querida, de las reinas carlistas.



Nació el 21 de mayo de 1868 en Teplitz, una pequeña localidad de apenas unas decenas de miles de habitantes situada en Bohemia, en la actual República Checa, y que pertenecía entonces al imperio austro-húngaro. Teplitz era famosa por sus balnearios de aguas termales de supuestas propiedades curativas, lo que la convertía en destino habitual y lugar de veraneo de la nobleza y la alta sociedad austriaca. La familia imperial, y por lo tanto la corte, pasaban a menudo también temporadas en el lugar.


María Berta era la menor de los siete hijos de Arturo de Rohan, príncipe de Rochefort y caballero de la Orden de Malta, natural de Szcecin (Polonia), y de su esposa la condesa Gabriela de Waldstein- Wartenberg, nacida en Pilsen (Alemania). Fueron sus hermanos Alain Benjamin Arthur de Rohan-Guéméné, príncipe de Guéméné (1853-1914), Joseph Arthur Ernst Viktor de Rohan-Guéméné (1854-1926), Viktor Benjamin Ernest Arthur de Rohan-Guéméné (1856-1882), Benjamin Alain Raoul Meriadec de Rohan-Guéméné (1858-1889), Ernst Meriadec Camillus Maria Philipp de Rohan-Guéméné (1863-1895) y Edouard de Rohan-Guéméné (1867-1892).


Alain Benjamin de Rohan, hermano mayor y tutor de Berta a raíz de la muerte de su padre


La Casa de Rohan era una familia de vizcondes, más tarde duques y príncipes, provenientes de la localidad de Rohan, en Bretaña, relacionados con los antiguos soberanos de Bretaña y que a lo largo de la historia se había vinculado con las grandes casas de Francia y desarrollado lazos con las casas reales de Francia e Inglaterra. Su rango venía a renglón seguido de los Borbón, sus primos, y tenían precedencia sobre otras familias nobles.


La dinastía se dividió en varias ramas, la mayor de las cuales era la de los Vizcondes de Rohan, que se extinguiría en 1527. De las ramas jóvenes la más famosa es la de Guémenée.


En vísperas de la Revolución Francesa, algunos miembros de la familia Rohan-Guémenée, duques de Montbazon, emigraron a Austria, al castillo de Sichrov, donde se radicaron.


Escudo de armas de los Rohan-Guémenée sobre la puerta del patio interior del castillo de Sichrov


En el momento de su extinción, en 1846, la rama menor de los príncipes de Rochefort, heredó los bienes en Bohemia. Aún austríacos, heredaron el tratamiento de Alteza Serenísima y los títulos de príncipe de Rohan, de Guémenée, de Rochefort y del Sacro Imperio (en Austria hasta 1919), duque de Montbazon (Par de Francia) y duque de Bouillon.


El padre de María Berta falleció en 1885 en Bratislava cuando ella tenía sólo 16 años, por lo que la mayoría de su vida transcurrió en compañía de su madre, que falleció en Stialhau (Chequia) en enero de 1890. Los cinco años anteriores a su fallecimiento, Doña Berta estuvo al cuidado de ella en Florencia. Para entonces habían fallecido ya tres de sus hermanos, incluido Edouard, que era sólo un año mayor.


Berta de Rohan

Berta de Rohan de niña, en torno a 1873-75.

Durante su juventud, María Berta frecuentó los ambientes de la familia imperial. No en vano, aparte de su condición de princesa de Rohan, su abuelo materno había sido consejero privado del emperador. El propio emperador trataba a María Berta como si fuera archiduquesa de Austria, aunque no lo era.


Berta de Rohan

María Berta fotografiada en Viena por Josef Löwy, a la edad de trece años



Berta de Rohan

Otra fotografía de María Berta adolescente, en este caso realizada por Alexander Fink Sándor en Bratislava en 1881


Las circunstancias que llevaron al matrimonio de María Berta con don Carlos las conocemos de primera mano a través del relato de Francisco Melgar, secretario del rey carlista y cuyas memorias fueron publicadas con el título de Veinte años con Don Carlos.


Tras el fallecimiento de doña Margarita, primera esposa del rey, ocurrido el 28 de enero de 1893, don Carlos escribió a su madre, la archiduquesa María Beatriz, manifestándole sus deseos de contraer nuevo matrimonio y pidiéndole su consejo sobre posibles candidatas. La archiduquesa le contestó por carta desde el monasterio de carmelitas de Gratz, donde llevaba años recluida. En su respuesta, aprobaba su decisión y le enviaba una lista de princesas que, a su juicio, reunían las condiciones deseables. Los dos primeros nombres de la lista eran el de la princesa Teresa de Liechtenstein y el de María Berta de Rohan.


Don Carlos quiso conocer personalmente a las dos princesas recomendadas en primer lugar por su madre, y a principios de febrero de 1894 salió de Venecia, acompañado únicamente por su secretario Melgar. La visita a la princesa María Teresa no produjo resultado positivo, porque, aunque agraciada y muy simpática, resultaba a todas luces demasiado joven para don Carlos, no aparentando ni siquiera la edad que tenía.


Para visitar a María de Rohan, segunda en la lista, la archiduquesa María Beatriz había convenido una cita en Núremberg con una tía de María Berta, Sofía de Liechtenstein , princesa de Lowestein y suegra de su sobrino Miguel de Braganza. La princesa acudiría acompañada de su sobrina, y don Carlos lo haría acompañado de Melgar. La cita tenía todos los ingredientes de una cita a ciegas, prestándose la princesa de Lowestein a simular que se trataría de un encuentro casual en el Hotel Wurtember, donde ambas partes se alojarían.


Sofía de Liechtenstein, tía de Berta y mediadora de su encuentro con Don Carlos


Al llegar al hotel y encontrar don Carlos con fingida sorpresa en la lista de huéspedes el nombre de la princesa de Lowestein, pidió a su secretario pasara por sus habitaciones a presentarla sus respetos e invitarla a cenar, invitación que la princesa pidió permiso para hacer extensiva a su sobrina María Berta, que se hospedaba con ella.


Tras la agradable velada, quedaron todos en pasar juntos el día siguiente, visitando la ciudad, lo que deparó a los futuros cónyuges la oportunidad de conversar largamente. La timidez inicial de María Berta, que no causó buena impresión a don Carlos en un primer momento, no fue obstáculo para que quedara prendado de ella, pues era una mujer muy bella, alta, de cabello rubio y ojos azules.


Esa noche don Carlos no pegó ojo, ni se lo permitió pegar a su secretario, sopesando una y otra vez los pros y contras de un posible matrimonio con María Berta. El caso es que temprano a la mañana siguiente, en que deberían partir de Núremberg, se dirigió a la habitación de ella y de forma un tanto directa, abordó la razón que le había llevado allí. Para ratificar sus palabras, puso al cuello de la princesa un precioso colgante que llevaba previsoramente en el bolsillo, consistente en una bandera de España formada por dos filas de rubíes y, entre ellas, otra banda de topacios.


En seguida escribió don Carlos una carta al príncipe Alain de Rohan-Guéméné, hermano mayor de María Berta -dado que los padres habían fallecido ya-, pidiéndole la mano de su pretendida. Apenas recibida la respuesta, don Carlos volvió a escribir al príncipe para solicitar ir a visitar y conocer a su futura familia en su castillo de Sichrov. A los tres días don Carlos y Melgar viajaron hasta allí, donde permanecerían ya prácticamente hasta la víspera de celebrarse el matrimonio.


Castillo de Sychrov, en Bohemia, en el que Don Carlos pasó la mayor parte de su brevísimo noviazgo con Berta de Rohan


La familia Rohan era muy rica y aunque no pertenecía a la realeza, eran grandes terratenientes. El castillo de Sychrov se encuentra al noroeste de la ciudad de Turnov, al norte de Bohemia, y a un centenar escaso de kilómetros de Teplitz, donde había nacido María Berta. Había sido adquirido en 1820 por la familia Rohan, que lo habían ampliado después con nuevos edificios y terrenos, tomando como modelo el primitivo castillo de Jocelyn, edificado en Bretaña por los príncipes de Rohan.


El castillo, de cuyo gobierno doméstico se encargaban el hermano mayor de María Berta y su esposa, la princesa Juana de Ausperg, disponía de más de cuarenta salas y habitaciones lujosamente amuebladas, y estaba cargado de historia. En él escribió Dvorak una de sus sinfonías, y en julio de 1866 había sido visitado por el káiser Guillermo I y por Bismark con motivo de la célebre batalla de Sadowa, y meses después por el emperador Francisco José, en su visita a los campos de batalla del conflicto austro-prusiano.



Alain de Rohan-Guéméné, hermano mayor de María Berta, y su esposa Juana de Ausperg con sus hijos


El matrimonio de don Carlos con María Berta -46 años él y 25 ella- se celebró en Praga el 28 de abril de 1894, en la capilla del arzobispo Schönburn, y el banquete tuvo lugar en el espléndido palacio del conde Wallestein, tío de la novia.


Berta de Rohan y Carlos de Borbon Austria-Este

Foto de boda de Don Carlos y Doña Berta, celebrada en Praga


A la boda sólo asistieron por parte del novio su hermano el infante don Alfonso y su esposa María de las Nieves, su hijo don Jaime -que se había enterado del enlace muy pocos días antes, al llegar de Oriente-, el conde de Faura y Melgar, porque el emperador austriaco, que no veía con buenos ojos el enlace, había prohibido la asistencia de invitados españoles y franceses. El matrimonio tuvo la oposición de la hija mayor de don Carlos, doña Blanca, y de su esposo el archiduque Salvador. Tampoco las otras tres hijas de don Carlos asistieron a la boda.


Berta de Rohan

Doña Berta retratada por Adéle Permutter en Viena en 1894, poco después de contraer matrimonio


Según la semblanza publicada en la prensa con motivo del feliz acontecimiento, «la princesa de Rohan es conocidísima en Austria, y en la Corte apreciase mucho su clara inteligencia y su instrucción, a la vez que se admira su hermosura y elegancia. Al decir de los partidarios de Don Carlos, las indiscutibles virtudes de Doña Margarita reaparecen en la segunda Duquesa de Madrid acompañadas de una iniciativa inteligente y de una noble ambición, en las cuales confía mucho el noble partido».[1]


Doña María Berta, que hasta entonces tenía el tratamiento de Su Alteza la Princesa de Rohan, pasó a convertirse en Su Alteza Real la Duquesa de Madrid.


Berta de Rohan y Don Carlos de Borbon, Duques de Madrid

La nueva Duquesa de Madrid el año de su matrimonio tocada con la boina roja con la que complacía a su esposo. Fotografía de Adéle Permutter, Viena 1894.


Después de contraer matrimonio, don Carlos y María Berta fijaron su residencia conyugal en el palacio de Loredán de Venecia, en el que vivía don Carlos, partiendo poco después para pasar el verano en Nápoles y regresando a la ciudad de los canales para el invierno.


Palacio de Loredán en Venecia, residencia de los Duques de Madrid


Don Carlos y doña Berta no se separaron nunca desde que contrajeron matrimonio, haciendo juntos todos sus desplazamientos. En 1895 marcharon a Egipto para pasar el invierno, recibiendo continuas muestras de hospitalidad por parte del jedive Twefik Pachá, gran amigo de don Carlos[2]. Su primogénito y heredero Abbas II Hilmi mantendría en los años siguientes una estrecha relación con don Carlos, siendo visitante habitual de Loredán cuando desembarcaba en Venecia camino del Theresianum de Viena, donde completaba sus estudios.


Estando en El Cairo, los reales esposos coincidieron con el Príncipe don Miguel de Braganza, que estaba haciendo su viaje de bodas con su segunda esposa, la princesa María Teresa de Lowestein. Don Miguel había en su momento considerado a María Berta como posible consorte tras enviudar de su primera esposa en 1881, sin que la cosa hubiera ido adelante.


Una vez concluidos un par de meses de estancia en Egipto, don Carlos y doña María Berta viajaron después a Palestina acompañados de Melgar. Tras visitar Tierra Santa, marcharon a Brindisi para visitar la Casa de la Virgen en Loreto. En septiembre de 1896 los reales esposos asistieron, acompañados de la infanta Alicia, que tenía entonces veinte años, a la clausura del Congreso Internacional Antimasónico que se celebró en la ciudad de Trento.


Poco después de su regreso, don Carlos tuvo que afrontar el episodio de la huida de su hija Elvira con un artista italiano llamado Folchi, que estaba casado, lo que motivó que don Carlos la diera por muerta para él a través de una carta hecha pública el 16 de noviembre de 1896, contando para ello con el apoyo de Doña Berta.


Elvira de Borbón, una de las cuatro hijas de Don Carlos


En abril de 1897, la infanta doña Alicia contrajo matrimonio en Venecia con el príncipe Federico de Schönburg-Waldenburg, teniente de coraceros bávaros. El matrimonio había sido recomendado por la archiduquesa María Beatriz, madre de don Carlos, conmovida porque el joven hubiera abandonado el luteranismo furibundo de sus padres y hecho católico.



Alicia de Borbón y su marido, el príncipe Federico de Schönburg-Waldenburg,


Dos meses antes su hermana Beatriz había hecho lo propio con el príncipe Fabricio Massimo, su amor desde niña. Don Carlos se había opuesto siempre al matrimonio de Beatriz con el príncipe Fabricio por considerar que el novio no era de estirpe regia, pero finalmente cedió a instancias de doña Berta que, al decir de Melgar, suspiraba por el momento en que las infantas abandonaran el domicilio paterno y poder acaparar a su marido para ella sola.

Al parecer también María Berta intervino en la frustración de la boda de don Jaime, el único hijo varón de don Carlos. Cuando parecía que estaba todo arreglado para el matrimonio de Jaime con Matilde de Baviera, don Carlos lo desaprobó por instigación de María Berta que, nuevamente según Melgar, actuaba de acuerdo con la regente María Cristina. Francisco Melgar -siempre particularmente duro con María Berta y a la que, con el tiempo, llegaría a profesar un odio indisimulado-, acusaba a ésta no sólo de haber impedido el matrimonio de don Jaime con la princesa Matilde de Baviera, sino de haber hecho creer a don Carlos que su hijo había pretendido abusar de ella. Esta calumnia, según Melgar, hizo cierta mella en el ánimo de don Carlos, que siempre guardo dudas al respecto, y fue causa de que don Jaime abandonara Loredán y padre e hijo dejaran de hablarse.


El catedrático Manuel Polo y Peyrolón, senador carlista por Valencia, y huésped de don Carlos y doña María Berta en varias ocasiones durante aquellos años, nos dejó valiosas notas en sus Memorias Políticas, que tuve la oportunidad de publicar en 2013. Él, junto al tantas veces mencionado Francisco Melgar, da un testimonio de primera mano sobre la figura de doña María Berta, por lo que sus impresiones resultan de particular interés.


La primera visita de Polo a Loredán tuvo lugar en 1896. Retirada la Minoría carlista del Congreso en el mes de septiembre, al marqués de Cerralbo se le ocurrió la idea de que todos los diputados y senadores carlistas acudieran a Loredán a cumplimentar a su augusto jefe, aprovechando para ello las vacaciones navideñas.



Carlos VII y Berta de Rohan

Don Carlos y Doña Berta en 1896, cuando recibieron a una comisión de carlistas. Fotografía de Giovanni Contarini, Venecia.


La impresión que María Berta produjo en Polo, no pudo ser más favorable: «Doña Berta, para decirlo en una palabra, es un encanto, orgullo de su marido y reina verdaderamente de cuantos tienen la dicha de tratarla y del palacio de Loredán. Es admirable cómo se ha españolizado en tan poco tiempo, hablando correctamente y hasta con sus modismos propios el castellano, conociendo a los españoles de más significación y las cosas todas de España como si hubiera nacido en aquella tierra clásica de la caballerosidad y el patriotismo y cooperando a la gran obra que dirige el Señor con tanta inteligencia como tacto. Su corazón es de oro, se desvive por cuantos la rodean, y es verdadera madre para el príncipe Don Jaime, que siente no haber podido venir, y para las infantas Doña Beatriz y Doña Alicia, que la quieren, la miman y respetan como si fuera su hermana mayor».


Sus elogios en aquella primera visita no tenían límite: «María Berta es un prodigio de talento, de amabilidad, de hermosura, de modestia, de elegancia, de buen gusto, de abnegación, de cariño para todos y de sumisión amorosa y casi idolátrica a su marido. Es el encanto y la providencia a la vez del palacio de Loredán».


Estas impresiones eran compartidas por el resto de los visitantes, como puede verse en la carta del Marqués de Cerralbo que recogió El Correo Español.[3]


Polo elogiaba con entusiasmo la vida en palacio, ejemplo de hogar cristiano y español, que transcurría felizmente, donde la real pareja «continua la luna de miel para ambos como si no hiciese cerca de tres años ya que contrajeron matrimonio», y Doña María Berta pasaba las horas bordando ornamentos para regalarlos a las iglesias.


El propio Manuel Polo y Peyrolón, años después de redactar estas impresiones, rectificó lo dicho, dejando escrito en sus Memorias: «Transcurridos hoy doce años, únicamente tengo que rectificar que las relaciones de Don Jaime y las infantas con su madrastra Doña Berta eran fingidas. La ruptura entre ellos no se había hecho aún ostensible, pero sin duda los hijos de Don Carlos no han perdonado nunca a Doña Berta que ocupe el puesto de Doña Margarita, y de aquí disensiones sin cuento que no han trascendido al público pero que mantienen alejados de Loredán a Don Jaime y sus hermanas».


El segundo viaje de don Manuel Polo y Peyrolón a Venecia se produjo en febrero de 1898, cuando ya se cernía sobre España la gran vergüenza del desastre colonial. El motivo del viaje era llevar a don Carlos ciertos documentos de importancia, por encargo del marqués de Cerralbo. Durante las semanas que Polo pasó en Loredán, y a pesar de los despachos con don Carlos para tratar asuntos políticos, no pudo evitar la impresión que dejó anotada en su diario: «En esta real casa preocupan más los asuntos familiares que los políticos… Me parece muy grave que no se tenga aquí la obsesión del triunfo de la Causa, pues, aun dedicando a empresas tan difíciles y arriesgadas todas las energías y entusiasmo, no se consigue nada, calcúlese lo que se logrará mirando el asunto con indiferencia».


Polo, integrado como uno más del pequeño séquito real, acompañaba casi cada tarde a los Señores al teatro de La Fenice, donde tenían un palco reservado, así como a otros esparcimientos, en los cuales la real pareja concentraba siempre las miradas de los asistentes, con la complacencia de ambos.



Carlos de Borbon y Berta de Rohan

Los Duques de Madrid a bordo de su lancha Ondarroa, acompañados de su séquito, navegando en la laguna veneciana

En las notas de su diario, constataba también la tranquilidad de conciencia que María Berta parecía haber dado a su real esposo, frente a los remordimientos de pasadas agitaciones pasionales: «Por eso adora a su madre y a su actual mujer, porque a la primera debe su educación cristiana y caballerosa, y a la segunda que haya sabido darle tranquilidad moral y convertido su hogar en un santuario».

Al estallar la guerra de Cuba, don Carlos sintió honda preocupación por la evolución de los acontecimientos, llegando a llamar a los carlistas a alistarse en la guerra contra los Estados Unidos. La destitución del general Weyler, en quien todos veían la única esperanza de contener la insurrección, produjo especial indignación en el rey. Don Carlos pensaba que un acuerdo con Weyler podía procurar una solución al conflicto que atravesaba España, y dio pasos para mantener una entrevista secreta con él, que debería celebrarse en alta mar en la costa belga. El carlismo se agitaba en vísperas de lo que consideraba la oportunidad para un golpe de mano.


Salió don Carlos de Venecia en junio de 1898 para Ostende, donde le esperaba el yate que para el encuentro con Weyler le había proporcionado Lord Ashburnham, el gran amigo inglés de don Carlos. Sin embargo, el encuentro se malogró sin llegar a pisar el puerto, porque María Berta se negó tozudamente a que su marido se embarcase si no iba ella, mientras que Weyler había puesto como condición obligada el que en el encuentro en alta mar estuvieran solo presentes don Carlos, Melgar y el propio Ashburnham. «Así se malogró un intento patriótico cuyos resultados hubiesen podido ser incalculables», sentencia Melgar, que a partir de ese momento despertó en María Berta un rencor no disimulado hacía él -que compartiría con Mella y el marqués de Cerralbo por las mismas razones-, por haber querido lanzar a su marido a aventuras bélicas.


Francisco Melgar, marques de Cerralbo y Duques de Madrid, Carlos de Borbon y Berta de Rohan

Los Duques de Madrid con Francisco Melgar, el Marqués de Cerralbo y la Baronesa de Alemany en Lucerna en 1898. Museo Cerralbo


La pérdida de Cuba hizo que, aún sin contar con don Carlos, se produjera una sublevación carlista en Cataluña y el Norte de España, que fue rápidamente abortada por el gobierno. Muchos carlistas fueron detenidos y sufrieron persecución, lo que hizo resentirse el prestigio de don Carlos, al que algunos carlistas reprochaban estar más dedicado a los placeres del corazón que a las empresas de la guerra. El propio marqués de Cerralbo, jefe delegado de don Carlos en España, disgustado con la actitud del rey, dimitió de su cargo al frente del partido.


El resentimiento de María Berta contra quien había sido durante veinte años fiel secretario político de don Carlos, acabó con la destitución de Melgar en noviembre de 1900. Según el propio interesado, la decisión fue causada por María Berta con la ayuda del general Moore, que había llegado a Venecia y que maniobraba para hacer creer a don Carlos que Melgar trabajaba para el gobierno de Madrid, o para que abdicara en su hijo don Jaime.


Tiempo después, cuando en sus Memorias Polo volvió sobre sus anotaciones de años antes, escribió: «no falta quien atribuye esta desgracia -la caída de Melgar- no a la culpa de Melgar, sino a la influencia malsana de Doña Berta. Se trata de un hecho, igual que la caída de Cerralbo, que no he podido apreciar por mí mismo y por el que no he querido preguntar al Señor en persona. Tampoco los interesados me han facilitado argumentos para probar su inocencia y el fundamento de sus acusaciones contra Doña Berta».


Lo cierto es que Berta de Rohan, que desconocía la historia de España y lo que significaba el carlismo, no sintonizó nunca con los sentimientos de los carlistas españoles, a pesar de que, para agradar a su marido, se hiciera retratar con mantilla y boina roja, cuyo sentido desconocía por completo.


Desde los sucesos de fin de siglo y la salida de Melgar, don Carlos se fue alejando poco a poco de la marcha de los asuntos políticos de España, disfrutando de una vida relajada de recepciones de la alta sociedad, asistencia a conciertos o al teatro, largos veraneos en Suiza y esporádicas salidas invernales a El Cairo por recomendación de su médico.



Carlos de Borbón y Berta de Rohan cabalgando

Los duques de Madrid montando a caballo en una fotografía probablemente tomada por el pintor Carlos Vázquez y datada en 1898


En julio y agosto de 1901 nuevamente los reales esposos fueron visitados por Manuel Polo, esta vez en la localidad austriaca de Pörtschach am Wörther See, en el estado de Carintia, donde los Señores pasaban el período estival. Aunque el reclamo para la invitación que había cursado don Carlos al profesor era tratar sobre graves asuntos políticos, pronto desveló que la misma no tenía más motivo que tener cerca un amigo de confianza con el que poder compartir sus preocupaciones y anhelos personales, más que realmente ninguna cuestión política.

Manuel Polo y Peyrolon con los Duques de Madrid

El senador y político Manuel Polo y Peyrolón, invitado de verano de los Duques de Madrid


La vida diaria en Pörtshach seguía siempre unas pautas parecidas: excursiones en los vapores por el lago, tertulias en los salones de la villa, paseos y algunas veces asistencia a alguna diversión pública. Las conversaciones giraban sobre la vida familiar y en ocasiones, especialmente cuando Polo se quedaba a solas con don Carlos, sobre los asuntos de España. La obsesión de Polo era tratar de averiguar por qué se habían frustrado los planes urdidos en el 98 en torno a Weyler, cuál había sido la causa del alejamiento de Mella y del marqués de Cerralbo y, especialmente, del secretario Melgar. Sobre todo ello, poco o nada pudo aclarar el senador valenciano, que salía de cada conversación con más dudas y enigmas que respuestas. La conclusión que sacó Polo es que en aquellos días se formaron al parecer en torno al rey dos camarillas. Una estaba compuesta por Cerralbo, Mella, Casasola y Melgar, partidarios a toda costa de la acción, y otra por doña Berta, don Alfonso y doña Beatriz, hermano y madre respectivamente de don Carlos, partidarios de la inacción, secundados además en la sombra por otros personajes muy influyentes y que fueron los que ganaron la partida a favor de la dinastía alfonsina.[4]


Lo cierto es que la falta de iniciativa ante los sucesos del 98, junto a la fallida intentona de levantamiento en Badalona, habían dejado a don Carlos en un creciente aislamiento por parte de los carlistas. Así se lo reconocía a Polo el propio general Sacanell, que hacía de secretario en funciones de don Carlos, que confesaba que «no tiene nada que hacer salvo acompañar a los Señores algún rato».



Carlos de Borbón y Berta de Rohan

Los Duques de Madrid tomando el te de media tarde


En la esfera familiar, las preocupaciones de don Carlos y doña Berta se centraban en don Jaime y sus aventuras de todo tipo, tanto mercantiles que le habían llevado a meterse en negocios ruinosos, como relativas a su vida privada, que erosionaban su imagen en algunas cortes europeas. Doña Berta comentaba a Polo «que ella misma había hablado con Don Jaime a solas de este asunto, intentando convencerlo y hasta intermediando ella misma con varias princesas conocidas y alguna pariente, resultando que, cuando las cosas salían bien, el príncipe se volvía atrás de su palabra y, cuando salían mal y la boda resultaba imposible, entonces insistía don Jaime y ponía todo su empeño en que constara que él intentaba complacer a sus padres y a su partido». En otras confidencias con Polo, doña Berta se lamentaba también de las calumnias de los que la reprochaban falta de amor a España.

En el orden más anecdótico, Polo registra en varias ocasiones la gran afición que tenía doña Berta por la fotografía, que era inversa a su pericia con la cámara: «La Señora está claro que no ha nacido para la fotografía», sentencia Polo después de varias referencias al tema.

En 1904, la real pareja volvió a invitar a don Manuel Polo a pasar con ellos un par de semanas durante su veraneo en Suiza, alojados en el Grand Hotel Beau Rivage de Interlaken. A su llegada Polo encontró en doña Berta la huella del paso del tiempo, «sobre todo si ha descuidado algo su maquillaje, pero continúa siempre elegantísima, vistiendo a la última moda de Viena, donde vive su modisto, y llamando la atención de los que la ven». También don Carlos había envejecido de manera notable, encontrándole Polo con muchas más canas en la barba, muy gordo y con aspecto de apoplético.

Los días en Interlaken transcurrían, como en veranos anteriores, entre paseos por los parques con su perro León, excursiones en automóvil, y asistencia a conciertos y otros espectáculos. Durante los paseos, don Carlos y doña Berta se desahogaban compartiendo con su invitado los problemas familiares que les afligían, especialmente los causados por las actuaciones contra su padre de doña Elvira, así como con las veleidades de don Jaime, que indignaban a don Carlos. «Me llama la atención -dejó escrito Manuel Polo- que los señores viven completamente aislados de sus respectivas familias. Doña Berta jamás nombra a sus hermanos y demás parientes, y don Carlos mantiene solo correspondencia con su santa madre y, muy de cuando en cuando, con su hermano don Alfonso. Respecto a sus hijos, lo persigue la desgracia[5]. No parecen satisfechos ni aun con la archiduquesa doña Blanca, sin duda, como es natural, porque esta mantiene relaciones cordiales con sus hermanos y de cortesía con la familia del archiduque, su marido, íntimamente relacionado con la familia real de Madrid».


También las estrechas relaciones de la real pareja con el cardenal Sarto, que había sido elevado al solio pontificio como Pio X un año antes, ocupaban las conversaciones. Don Carlos seguía con interés la política eclesiástica, que se decantaba en aquellos días entre los condescendientes con el liberalismo y los que, con Pio X al frente, pretendían su contención. También los escándalos entre miembros de la alta sociedad entretenían los paseos, como los affaires del viejo emperador austriaco, la misteriosa muerte del heredero Rodolfo y el regicidio de la famosa emperatriz Sissi.



Carlos de Borbón y Berta de Rohan

Los Duques de Madrid de paseo con su perro León

El 18 de marzo de 1906 falleció la madre de don Carlos en el convento de Carmelitas descalzas de Gratz, en el que vivía recluida desde hacía algo más de tres décadas, asistiendo el matrimonio al sepelio.


En julio de 1906 visitó a don Carlos y doña María Berta la emperatriz Eugenia de Montijo, viuda de Napoleón III, que tanto había ayudado a los carlistas en la preparación del alzamiento.


La salud de don Carlos iba resintiéndose entre preocupaciones y ajetreos, y en 1908 sufrió un ataque de hemiplejia de la que no logró recuperarse por completo. Doña Berta cuidó a su esposo y procuró mantener su salud alejada en todo momento de la curiosidad pública, sin permitir a los carlistas ni a la propia familia de su esposo conocer la realidad sobre su estado. La intención de doña Berta era evitarle disgustos y emociones que pudieran perjudicar su delicado estado de salud, aunque esta opacidad y las mentiras con las que se negaba lo que era un secreto a voces, desataran una fuerte campaña en muchos medios carlistas contra ella, y también contra el mismo don Carlos.


El propio Manuel Polo, que una y otra vez se dirigió por carta directamente a doña Berta tratando de aclarar la situación, al no recibir más que frías respuestas y negaciones llegó a convencerse de que, como denunciaba Melgar, don Carlos estaba poco menos que secuestrado por su esposa, que le ocultaba todas las cosas de España.

En 1909, don Carlos y doña Berta cambiaron su destino habitual de vacaciones y llegaron a Varesse el 25 de mayo con intención de pasar allí la temporada estival. El matrimonio real ocupó la primera planta del Hotel Excelsior, a dos kilómetros de la población.



Carlos de Borbón y Berta de Rohan

Don Carlos y Doña Berta fotografiados en 1909, poco antes de que el monarca carlista sufriera el accidente cerebro-vascular del que falleció


En la madrugada del 14 de julio don Carlos tuvo un ataque de hemiplejia, y en la noche del 16 los médicos confirmaron un pronóstico pesimista. Acudieron a Varesse su hija Elvira, su hermano Alfonso y su esposa María de las Nieves, y tras recibir los Santos Sacramentos, don Carlos falleció rodeado de sus familiares y besando el crucifijo que le había regalado su madre, el 18 de julio de 1909.


La capilla ardiente se instaló en el propio hotel Excelsior, y el funeral en la iglesia de Casteno. Tras los funerales, el entierro tuvo lugar en la catedral de San Justo de Trieste el día 24, tras la celebración de una misa funeral presidida por doña Berta y por don Jaime y doña Blanca, hijos del rey.


Al morir don Carlos, su viuda continuó durante unos años su vida en el palacio de Loredán con el decoro y recato de su alto rango, aunque sin mantener relación alguna con la familia de su difunto marido, incluido sus hijos y sus cuñados don Alfonso y su esposa María de las Nieves, que ya desde 1915 rompieron con ella todas las relaciones.

El 21 de febrero de 1914 murió en Paris el príncipe Alain de Rohan, hermano mayor de María Berta, a la edad de 61 años. Él había sido el que veinte años antes, había concedido la mano de su hermana al Duque de Madrid.


La vida en el palacio de Loredán se vio profundamente alterada por el vendaval de la I Guerra Mundial, por lo que en 1919 doña Berta decidió vender al industrial Vittorio Cini la propiedad que había heredado de su marido. Los enseres del palacio -que por testamento correspondían a los hijos de don Carlos- fueron trasladados a un domicilio particular, esperando que fueran a llevárselos. Las banderas, reliquias de la Guerra Carlista, parece, sin embargo, que fueron vendidas a algún anticuario, como la mayoría de los recuerdos carlistas que en el palacio se conservaban. Algo que los carlistas nunca la perdonarían.


En noviembre de 1925, doña Berta vino a España para satisfacer un anhelo largamente acariciado. La llegada de Primo de Rivera al gobierno removió los obstáculos que habían existido hasta ese momento. La ocasión la propició la invitación del P. Paisal, franciscano al que había conocido en Niza en 1902 con motivo de la enfermedad que aquejó entonces a don Jaime, y que ahora era capellán de las clarisas de Pontevedra.


Doña Berta llegó a Galicia en el mes de noviembre, después de haber peregrinado al santuario de Lourdes. Allí visitó las capitales y poblaciones más importantes, siendo en todos los lugares agasajada por las autoridades locales y otras personalidades del lugar. Al comienzo de febrero de 1926 se trasladó a Madrid, donde fue cordialmente acogida por los reyes y la aristocracia alfonsina, lo que mereció la desaprobación de numerosos carlistas.[6]


María Berta permaneció en la capital de España hasta finales de 1927 o principios de 1928, realizando durante ese periodo visitas a Barcelona y el País Vasco. Según testimonio de María de Cardona, que coincidió con ella en esta época, doña Berta «sabe captarse las simpatías de cuantos la tratan; con lágrimas en los ojos suele enseñar todavía devotamente los recuerdos y reliquias del carlismo».[7]


Sin embargo, desde el comienzo de su visita a nuestro país, la Comunión Tradicionalista, por indicación de don Jaime, se apresuró a desvincularse de la visita, pidiendo a los carlistas que se abstuvieran de participar en recepciones o cualquier tipo de acto en torno a la princesa de Rohan.


Tras su marcha de España, pasó a residir en Pau (Francia), desde donde el 27 de febrero de 1928 envió un telegrama de condolencia, con motivo del fallecimiento del ilustre tribuno tradicionalista D. Juan Vázquez de Mella. En 1929 volvió a entrar en España para visitar Zaragoza y la basílica del Pilar. Más tarde trasladó su residencia a Marienbad («Baños de María»), una famosa población de Bohemia con aguas termales, que alcanzó su esplendor entre 1870 y 1914, con otro período importante entre las dos guerras mundiales, y a la que acudían celebridades, además de reyes, zares, príncipes y miembros de la nobleza europea.


Ignoramos qué fue María Berta en el periodo de la II Guerra Mundial, que tanto afectó al continente europeo. De aquel tiempo solo sabemos que Cesáreo Sanz Orrio, voluntario de la División Azul, supo que María Berta estaba en Paris y le entró curiosidad por verla. Según lo que contó a su regreso, no encontró en ella ningún atisbo de emoción ante la evocación del pasado, ni ningún sentimiento que pudiera identificarse con el amor al carlismo. Claro que entonces María Berta era ya una anciana septuagenaria y ni siquiera sabemos cuál era su estado de salud, ya que moriría poco tiempo después.


Su Alteza Real, la Duquesa viuda de Madrid, doña María Berta de Rohan, falleció en Viena el 12 de enero de 1945, cuando Austria formaba aún parte del III Reich, a la edad de setenta y seis años. No se conoce dónde yacen sus restos mortales.





Doña Berta en sus años de madurez




Última fotografía de Doña Berta de Rohan que conocemos, propiedad de la Fundación Mencos y publicada en el libro "Banderas de Loredán", de Iñigo Pérez de Rada.


Todos los historiadores y escritores carlistas están de acuerdo en que el segundo matrimonio de don Carlos fue funesto, no solo para la familia del monarca, sino también para el propio don Carlos y, sobre todo, para el carlismo. Es muy posible que en la intimidad don Carlos fuera feliz en su matrimonio con los fervores que María Berta le dispensaba, pero la nueva duquesa de Madrid pronto se hizo odiosa a algunos moradores del palacio de Loredán, con quienes se manifestaba con una altivez que contrastaba con la artificial sumisión que mostraba a su esposo, que no era más que la forma de hacerse con su voluntad.


Es indudable que Berta de Rohan fue absorbida por el magnetismo que rodeaba la figura de don Carlos y que, en cierto modo, sentía celos de todo lo que pudiera apartarla de su marido, fuera el partido, sus hijos u otras mujeres. En el orden familiar, el matrimonio de don Carlos con doña Berta hizo que se distanciaran los hijos del padre, hasta el punto de llegar a perderse casi por completo cualquier relación. En el orden político, la influencia de doña Berta mermó arrestos a don Carlos por la Causa que representaba, y si no perdió nunca la conciencia de su elevada misión -porque eso formaba su segunda naturaleza- disminuyó visiblemente su empuje y resolución.



Berta de Rohan dibujada por María de Cardona

Retrato de la Duquesa viuda de Madrid, dibujado por María de Cardona, que fue su secretaria particular




[1] Blanco y Negro de 28 de abril de 1894. [2] El título de Jedive fue creado en 1867 por el sultán otomano Abdülaziz para el entonces gobernador o virrey de Egipto, Ismail Pachá, padre de Tewfik Pachá, de quien este heredó el título. [3]Ver El Correo Español de 15 de diciembre de 1896. [4] Manuel Polo parece referirse aquí al viejo emperador de Austria, al cardenal Rampolla y a la Compañía de Jesús, que ejercía su influencia a través del confesor de la archiduquesa Beatriz, madre de don Carlos. [5] Los hijos de don Carlos dieron toda clase de disgustos a su padre. Junto a los quebrantos sentimentales de Elvira y Alicia, o las preocupaciones por los pasos de don Jaime, uno de ellos debió ser el intento de suicidio de su hija Beatriz, que el 5 de mayo de 1902 se arrojó al Tíber, al descubrir por una carta la infidelidad de su marido, el príncipe Fabrizio Massimo. La noticia apareció publicada en el periódico La Época de 5 de mayo de 1902. [6] Hay que tener en cuenta que María Cristina de Habsburgo-Lorena, madre de Alfonso XIII, era archiduquesa de Austria y princesa de Hungría, Bohemia, Eslavonia, Croacia y Dalmacia, y por tanto compatriota de María Berta de Rohan, de la que era sólo diez años mayor y con la que tendría muchas referencias comunes. [7]Mundial, 7/1936, nº 4.



* El presente texto está extraído del capítulo del que es autor Javier Urcelay, dentro del libro: Reinas Carlistas. Madrid: Editorial Tradicionalista, 2021

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