Unidad y división del Carlismo
- Museo Carlista de Madrid
- 3 sept 2019
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Actualizado: 17 sept 2025

El golpe de mano de la camarilla liberal sustrayendo sus derechos como heredero del trono al Infante Carlos MarĆa Isidro propició en 1833 un problema sucesorio, cuya consecuencia fue una larga guerra civil de siete aƱos. EspaƱa quedó escindida entre los que defendĆan a Isabel y los que proclamaban los derechos inalienables de Don Carlos. La guerra acabó con la derrota de los segundos y el inicio de un largo exilio de la dinastĆa proscrita, que se mantendrĆa durante prĆ”cticamente un siglo. Sus partidarios siguieron siempre considerĆ”ndose detentadores de la legitimidad de la MonarquĆa HispĆ”nica, y tachando de usurpadores a los tres reyes que durante ese lapso ocuparon el trono de EspaƱa.
El problema, de apariencia dinĆ”stica, tenĆa un fondo de mayor calado. Lo que se dirimĆa en realidad era la continuidad de la nación espaƱola y su tradición nacional, asaltada por las ideas del liberalismo que habĆan llevado a cabo la Revolución Francesa. La que, guillotinando al Rey, mostraba no un deseo de acabar con el interesadamente llamado Antiguo RĆ©gimen -las palabras no son nunca neutrales-, sino acabar con el rĆ©gimen que venĆa de antiguo en sentido verdadero, es decir, con el rĆ©gimen polĆtico y social que se habĆa mantenido durante siglos en las naciones cristianas.
El Carlismo, defensor de la tradición frente a las ideas revolucionarias, se apartó de la deriva que tomaba la sociedad española en su asimilación del liberalismo y se mantuvo en la defensa de la verdadera España frente a la impostura de la España liberal.
La dinastĆa carlista supuso el engranaje y mutuo refuerzo entre estos dos esfuerzos titĆ”nicos llevados a cabo por el pueblo espaƱol: defender la verdadera monarquĆa representada por el rey legĆtimo, y la verdadera EspaƱa frente al asalto de la modernidad revolucionaria. Sólo esta alianza del pueblo carlista y la dinastĆa permitió en nuestro paĆs la pervivencia durante mĆ”s de ciento cincuenta aƱos de esta resistencia, que sucumbió rĆ”pidamente en otros paĆses de la Europa cristiana donde no se dio.
De ahĆ la trascendencia, en cuanto debilitamiento del Carlismo, que supuso la extinción de la dinastĆa legĆtima en 1936, con la muerte de Don Alfonso Carlos I, su Ćŗltimo representante reconocido por todo el Carlismo. Y, todavĆa mĆ”s, el torpe viraje ideológico protagonizado por Carlos Hugo de Borbón-Parma en fechas mĆ”s recientes.
Desde un apoyo mayoritario por parte del pueblo espaƱol a la muerte de Fernando VII - que los historiadores imparciales reconocen hoy en dĆa-, el apoyo social a lo que el Carlismo representaba fue decayendo a lo largo de ese siglo y medio. Declive perfectamente lógico por el inevitable desgaste de luchar contracorriente y por la acomodación a āla realidadā por parte de muchos sectores sociales.
Las dos Restauraciones monĆ”rquicas, la de 1875 y la de 1975, presentadas como regĆmenes de orden y aversión a las revoluciones -con r minĆŗscula-, acabaron de reenganchar a muchos espaƱoles a āla EspaƱa realā, relegando la pretensión carlista al terreno de las quimeras o los simples Ideales, y reduciendo a una minorĆa cada vez mĆ”s minoritaria a los que mantenĆan la secular resistencia.
Llegó entonces el Concilio Vaticano II y su deseo pastoral de reconciliar a la Iglesia con el mundo moderno mediante el aggiornamento. Una larga cadena de PontĆfices desde Pio IX se habĆa mantenido en armas contra las ideas que habĆan demolido el viejo edificio de la Cristiandad, y parecĆa llegado el momento de reconocer el status quo y salir al encuentro de la modernidad.
La Declaración Dignitatis Humanae, dando carpetazo en la prĆ”ctica a la defensa de la confesionalidad de los Estados, fue la parte mĆ”s visible y dolorosa de ese cambio de orientación. SuponĆa para el Carlismo la llegada del fuego enemigo al Ćŗltimo de sus baluartes de resistencia y al mĆ”s importante de los principios sagrados de su trilema de Dios, Patria y Rey.
Una parte del Carlismo y algunos de sus mĆ”s respetados intelectuales, que llevaban mĆ”s de un siglo defendiendo contra corriente al Rey LegĆtimo contra el rey de hecho, y a la EspaƱa verdadera contra EspaƱa sociológica, se vieron capacitados y en la necesidad de defender la genuina Doctrina Social de la Iglesia aunque fuera contra los postulados de la propia asamblea conciliar.
Para esos carlistas, todo el Magisterio Pontificio que sucedió al Concilio quedaba implĆcitamente en entredicho y bajo sospecha de contubernio con el mismo.
Los mĆ”s atrevidos se sumaron a las posiciones del obispo Lefebvre, denunciando el conjunto de lo que habĆa supuesto el Concilio, y en particular la reforma litĆŗrgica que introdujo. Como efecto colateral, una parte del Carlismo se vio asĆ arrastrado a dilucidar cuestiones completamente ajenas a la esfera de lo polĆtico. La disputa sobre la ortodoxia de la Misa o la reforma litĆŗrgica conciliar, en sana doctrina tradicional hubieran debido quedar al dictamen de los doctores que tiene la Iglesia, sin que al Carlismo como tal le cupiera mĆ”s papel en ello que atenerse a lo que la Iglesia resolviera. Y digo al Carlismo como tal, salvando por supuesto los planteamientos que cada persona, en cuanto fiel católico, hubiera querido defender.
La consecuencia ha sido una confusión entre el tradicionalismo polĆtico espaƱol y el tradicionalismo lefebvriano clerical, que en nada ha beneficiado al verdadero Carlismo.
Pasado mĆ”s de medio siglo y cuatro papas desde entonces, la actitud de esa parte del Carlismo se mantiene hasta nuestros dĆas. Es justo reconocer que algunas posiciones personales del actual PontĆfice no ayudan a que haya variaciones. Pero tampoco las hubo cuando la Iglesia estaba regida por un papa hoy en los altares, como Juan Pablo II, o por āla mayor lumbrera teológica desde Santo TomĆ”s" -a decir de muchos-, el papa Benedicto XVI.
Otra parte del Carlismo prefirió una lectura del Concilio a la luz de la Tradición y el Magisterio, en la lĆnea promovida por los mencionados Juan Pablo II y Benedicto XVI, y no entrar en las disputas litĆŗrgicas o canónicas. Como movimiento polĆtico católico se mantuvo naturalmente abierto a las orientaciones doctrinales del Magisterio -conservando lógicamente la capacidad de discernimiento-, y recibió con gozo muchos de los nuevos documentos pontificios, algunos de los cuales deben considerarse como verdaderas joyas dentro de la Doctrina Pontificia de los dos Ćŗltimos siglos. AhĆ estĆ”n la Veritatis Splendor y la Laborem Exercens, por seƱalar dos que me vienen a la cabeza.
Una tercera parte del Carlismo, frustrado con el franquismo y el nombramiento de Juan Carlos como sucesor, acogió por contra la interpretación mĆ”s progresista del Concilio como una invitación a reinventarse, y amalgamado con el Mayo francĆ©s y las modas ideológicas del momento, hizo un salto en el vació hacia la negación de todo lo que el Carlismo habĆa representado hasta entonces.
Los mejores de ellos rehacen ahora sus pasos para reencontrar el verdadero Carlismo que nunca debieron abandonar, lo cual es una buena noticia. El resto ha caĆdo en un sin sentido del que no vale la pena ocuparse, pues no se puede decir ser carlista, propugnar el Estado laico y la repĆŗblica confederal y pretender que uno estĆ” en su sano juicio.
AsĆ las cosas, el Carlismo que durante casi dos siglos ha defendido el trilema de Dios-Patria- Rey, se ve en la tesitura de defender un inexistente Rey legĆtimo contra una monarquĆa reinante que se rechaza; una EspaƱa aƱorada, contra la EspaƱa que vemos todos los dĆas; y una TeologĆa PolĆtica que no parece ser abrazada por la JerarquĆa eclesiĆ”stica ni el sucesor de Pedro. Demasiadas contradicciones para el comĆŗn de los mortales.
El resultado de todo ello ha sido un una desconexión del Carlismo con los sectores del catolicismo social espaƱol, que han dejado de ver en Ć©l un referente y el conducto de canalización de sus aspiraciones polĆticas, como lo fue en Ć©pocas pasadas.
Y a partir de ahĆ, de este alejamiento del Carlismo de los problemas reales de los espaƱoles, hay que hacer la reflexión sobre quĆ© podemos hacer y cómo podemos acertar mejor en nuestra tarea de restauración social y polĆtica.
Para unos la respuesta no admite discusión: lo importante no es reconectar con los problemas de nuestro tiempo ni con el hombre actual señalando caminos, sino conservar la pureza de la Verdad como el mÔs preciado bien -por eso los mayores enemigos son los que la contaminan y no los que la enfrentan- y resistir, resistir y resistir. Resistir contra todo -Papa incluido- y contra todos si es necesario, que Dios proveerÔ.
El Carlismo estarĆa llamado, segĆŗn esta posición, a ser ese reducto de los Ćŗltimos fieles de Israel, en los que no importa el nĆŗmero sino la perseverancia; la aceptación por parte de otros, sino la fidelidad a la Verdad poseĆda; la respuesta a las demandas del hombre de nuestro tiempo, sino la conservación de la pureza de la fe heredada.
Para otros la solución es menos simple y la primera pregunta abre otras muchas: ĀæCómo podemos reavivar la fe de los espaƱoles y contribuir a la salvación de las almas de nuestros conciudadanos? ĀæCómo podemos regenerar el tejido social y reedificarlo sobre sus verdaderos fundamentos? ĀæCómo podemos reordenar la actividad polĆtica al Bien ComĆŗn? ĀæCómo podemos hacer que las leyes positivas respeten la ley natural y divina? ĀæCómo podemos hacer que EspaƱa -la entera Hispanidad- vuelva a ser una nación católica y misionera entre las demĆ”s naciones del mundo? ĀæCómo podemos rescatar a nuestros contemporĆ”neos del naufragio de unas ideologĆas que conducen a la destrucción del hombre? ĀæCómo podemos denunciar las nuevas tiranĆas que nos oprimen? ĀæCómo podemos hacer nuestra manera de pensar atractiva y nuestro lenguaje comprensible en el mundo en que nos ha tocado vivir (o en el que Dios ha querido ponernos)?
La primera de las dos respuestas da lugar a un Carlismo de carĆ”cter doctrinal e ideológico, que se mueve fundamentalmente en el terreno intelectual, que estĆ” por encima de las contingencias polĆticas - a las que desprecia- y que tiene en los escritos su Ć”mbito mĆ”s propio de actuación.
Su lucha contra el progresismo religioso, que tiene su raĆz en el Concilio y es visto como el origen de todos los males, ha acabado por condicionar su pensamiento carlista hasta el extremo de hacer inseparables la una del otro.
Su preferencia es escudriƱar el mundo de las ideas, para encontrar errores que denunciar. Desvelar el sofisma y seƱalar la herejĆa, manteniendo asĆ el depósito de la fe. Tarea en la que se aplican con especial fruición contra el afĆn, dado el riesgo de contaminación al que antes nos referimos.
La segunda pretende un Carlismo polĆtico en lĆnea con su historia secular, manchado por las imperfecciones del combate cuerpo a cuerpo; atento a las oportunidades coyunturales; conocedor de que hay una distancia entre la teorĆa y la prĆ”ctica; preocupado por el bien posible; defensor de todo interĆ©s legĆtimo; sabedor de que la comunicación requiere hacerse entender por la otra parte, de que el lenguaje, tambiĆ©n en polĆtica, es sólo una forma de llegar al otro.
Su vocación es soplar en la pavesa humeante para tratar de devolver la llama, tirar de esa parte de verdad que hay en medio de los mayores errores, atraer al que busca con honestidad sin encontrar el camino.
Claro que en ello hay que evitar el riesgo de caer en "las campaƱitas piadosas" que tanto denostaba Manuel de Santa Cruz: No olvidando que la conquista del Estado es el camino mĆ”s corto para la restauración social, y que la confesionalidad católica es la Ćŗltima meta a la que debe aspirar la comunidad polĆtica.
Los primeros tienden implĆcitamente a considerar la Tradición acabada, a la negación de la evolución social, a considerar la Verdad como un todo monolĆtico que puede poseerse en su integridad. Tienen la solidez, la coherencia interna y el atractivo de un Tratado de PatologĆa MĆ©dica, si se me permite el sĆmil.
Los segundos saben que la Tradición es un discurrir misterioso dentro de la TeologĆa de la Historia que estĆ” en permanente construcción; que la Verdad es siempre susceptible de ser iluminada con nuevas perspectivas; que la validez de las propuestas y postulados de naturaleza polĆtica requiere la prueba del algodón de la realidad y de su aplicabilidad en el aquĆ y ahora. Tienen el valor de la Medicina ClĆnica, donde no hay enfermedades de libro, sino enfermos en los que las cosas nunca son exactamente como se describen en los manuales.
Todos estos planteamientos caben en un Carlismo que no sea concebido como una secta, y todos los carlistas que optan por una u otra actitud como vocación personal pueden contribuir a la lucha contra la Revolución si estĆ”n animados por las virtudes teologales y cardinales, y si no traspasan ciertas lĆneas rojas (mantenerse dentro de la unidad y disciplina de la Iglesia es una de ellas).
Dios da diversidad de vocaciones, y no todo el mundo tiene que compartir una misma sensibilidad o preferencia personal a la hora de jerarquizar lo que a cada uno le parece mƔs acuciante.
Junto a esta cuestión, que es la fundamental en la actual división del Carlismo, existen otras diferencias que son, en mi modesta opinión, mucho menos determinantes: el reconocimiento de uno u otro Abanderado, o la ausencia de abanderado alguno; el acento mayor o menor en el componente foralista y federalista del Carlismo; el distanciamiento mayor o menor respecto al conservadurismo liberal o la derecha nacionalista... Cuestiones todas ellas que, sin ser despreciables, no creo que se encuentren en la raĆz de la actual división o, al menos, que constituyan barreras insalvables para el entendimiento.
AsĆ las cosas, Āæes posible, o incluso deseable, la unidad del Carlismo?
Desde una perspectiva histórica no podemos hacernos muchas ilusiones respecto a la convergencia en una organización integrada y disciplinada. Salvo en las grandes crisis nacionales de carÔcter agudo, como fueron los dos experimentos republicanos, no parece haber sido esta la preferencia de los carlistas. Como buenos españoles somos mucho mÔs partidarios de las guerrillas que del ejército. Naturalmente, siempre por buenas razones a juzgar por cada jefe de partida.
En todo caso, convendrĆa mantener el clima cordial de colaboración, en lo que sea posible, y de aprecio mutuo.
A estas alturas, ya simplemente quererse poner una boina roja tiene su mƩrito, aunque debajo haya una cabeza con alguna idea confusa.
Al fin y al cabo, si los Ɣrboles no nos impiden ver el bosque, sigue siendo infinitamente mƔs lo que une a todos los que se consideran carlistas que lo que les separa.
Por lo menos visto desde los ojos de nuestros enemigos. Que tienen la ventaja de vernos desde fuera y no andarse con tantos distingos.
