• Museo Carlista de Madrid

Cayetana y la otra democracia posible



La analista Isabel San Sebastián (ABC 20 agosto 2020) ha puesto el dedo en la llaga sobre la destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz parlamentario del PP: “Si yo fuera Pablo Casado, no se me habría ocurrido ofrecer a Cayetana Álvarez de Toledo la portavocía del Grupo Popular en el Congreso. Si fuera Cayetana jamás habría aceptado el cargo. Cualquiera que conozca a Cayetana sabe que nunca doblegará su criterio ante un argumentario de partido, a menos que lo comparta”. Lo que ratificó la propia interesada en la improvisada rueda de prensa en la calle a raíz de su cese: “Un partido político no es ordeno y mando ni una secta donde todo el mundo es idéntico y piensa igual”.

A resultas de lo anterior, las dos preguntas que deberían intrigarnos son éstas: qué ha hecho que Pablo Casado recule respecto a las intenciones iniciales con las que accedió al puesto de presidente del PP, en oposición a Soraya Sáenz de Santamaría; y por qué Cayetana se metió en un jardín cuyas reglas conocía de antemano.

El incidente, del que nadie se acordará en tres telediarios más, es en cualquier caso una nueva revelación sobre la calidad de nuestra democracia. Una democracia a la que, con más rigor, debería llamarse partitocracia. Sus rasgos son los siguientes:

-Los partidos políticos son instituciones de derecho público, financiados con el dinero del Estado, es decir, de los contribuyentes.

-El funcionamiento interno de los partidos no es democrático, sino oligárquico. Las bases no deciden, sino que lo hace una cúpula dirigente, donde se concentra la toma de decisiones.

-La cúpula dirigente confecciona las listas electorales, imponiendo sus nombres a las bases del partido, que apenas tienen algo que decir en el proceso (las “primarias” son anecdóticas y, si no lo son, resultan rápidamente amañadas).

-Las listas electorales son listas cerradas, por lo que los miembros del Parlamento son, a título personal, representantes de sus partidos, no de sus electores.

-La ley D´Hont introduce curiosas alteraciones en el principio liberal de “un hombre un voto”, resultado de las cuales un voto de Gerona, por poner un caso, vale mucho más que uno de Madrid, por ejemplo.

-El tamaño de las circunscripciones y el sistema de designación de los candidatos hace que no exista relación representante-representado. Una vez finalizadas las elecciones, nada en la actividad parlamentaria permite rastrear si un determinado diputado lo era por Murcia o por Orense, ni se ha oído jamás que ningún diputado comparezca a mitad de su mandato para dar cuenta de su gestión a sus representados.

-En el Parlamento rige la disciplina de voto. El presidente de cada grupo parlamentario señala el sentido del voto en cada votación, por lo que el resultado de las mismas es conocido de antemano.

-El aparato de los partidos -su secretariado de estudios y programas- elabora el argumentario con el que los miembros del mismo deben manifestarse públicamente y expresar opinión en sus comparecencias. Las voces propias no son bien recibidas, y la reincidencia es castigada sin miramientos. Cada partido tiene su “cantinela”, reconocible también en periodistas y tertulianos de su órbita e , indirectamente, de su nómina (la independencia es rara avis en el periodismo español).

Es posible que Casado, que nombró a Cayetana frente a opiniones en contra, haya aprendido a las primeras de cambio el funcionamiento del sistema y decidido adaptarse rápidamente al mismo. Se ha convencido en pocos meses que de lo que se trata es de llegar al poder y luego ya veremos. O no, que diría Rajoy, que para eso tuvo una mayoría absoluta que dejó intacta la legislación introducida por Zapatero.

Por el lado de Cayetana, la cuestión es más peliaguda, porque piensa que ha sido laminada por ejercer el “pensamiento crítico” y acaso sigue soñando con que otra democracia sería posible.

Los defensores -los beneficiarios, queremos decir, aunque ambos términos son sinónimos- de la actual partitocracia, identifican abusivamente ésta con la democracia, como si fuera de ello no existiera más que la dictadura. Nosotros, o el diluvio.

Pero cabría preguntarse si otra democracia sería posible:

-Una democracia en la que los partidos fueran financiados exclusivamente por sus propios afiliados y cuyo funcionamiento interno fuera democrático.

-En la que las listas electorales fueran listas abiertas, de forma que los representantes en Cortes -Congreso y Senado- representaran a sus electores y tuvieran que rendirles cuentas. Algo parecido a lo que en la vieja democracia hispánica se llamaba el mandato imperativo y el juicio de residencia.

-En la que los representantes entraran y salieran de la política, en lugar de hacer de ella su forma de vida y profesión, con las implicaciones que ello conlleva.

-En la que la disciplina de voto fuera sustituida por la libertad de los parlamentarios para expresar su opinión sobre los distintos asuntos, permitiendo la formación de lo que Vázquez de Mella llamaba “partidos accidentales”, es decir coincidencia de grupos de diputados en torno a una determinada posición con independencia de las siglas que los amparan. ¿Por qué todos los miembros de un partido tienen que estar monolíticamente a favor o en contra de un trasvase, por ejemplo, en lugar de coincidir con los de la oposición que representan a la misma provincia o comarca cuyos intereses defienden? ¿Por qué no puede haber una coincidencia de parlamentarios a favor o en contra en una cuestión de conciencia o puramente técnica, votando consecuentemente, aunque sean de partidos diferentes?

Está claro que otra democracia sería posible y de que si no existe no es porque fuera inviable, sino porque ello supondría el final de una mamandurria -la de la actual clase política- que, lógicamente, no está interesada en perder sus puestos de trabajo. Y ese es el único consenso transversal operante, y que cuenta con el apoyo de todos los partidos.

Cayetana Álvarez de Toledo es una liberal consecuente, y su pensamiento -"una sociedad de ciudadanos iguales"- está en las antípodas del nuestro. Pero acaso vislumbraba otra democracia posible. ¿Pudo creer que le iban a dejar intentarlo? No. Su figura se había convertido en un riesgo para todos, y por ello, compañeros de partido y adversarios políticos, han respirado con su salida.

La función puede proseguir.

MUSEO CARLISTA DE MADRID.-

Colección J. Urcelay

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